Entre las novedades que sacudieron la escena cultural en 2017, BIENALSUR, la primera Bienal internacional de Arte Contemporáneo de América del Sur, ocupó sin duda uno de los lugares más destacados. Organizada con un modelo inédito, de trabajo en red de colaboración asociativa institucional posicionada desde un “Sur Global”, el evento logró generar un territorio propio, multisituado, con eventos en simultáneo, y una curaduría que rompió con los preceptos tradicionales.

84 sedes, ubicadas en 32 ciudades de 16 países, donde se expusieron obras de más de 350 artistas de distintas nacionalidades, que fueron visitadas por 1 millón de personas, son algunas de las cifras en que se plasman lo logros de esa primera bienal, organizada por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF) en colaboración con una red de universidades, museos, instituciones de arte y entidades de todo el mundo: un verdadero diálogo horizontal y participativo realizado en simultáneo entre varios puntos del planeta y originado desde el sur.

Para conocer su balance sobre esta primera edición y las perspectivas en torno a la continuidad del evento, Palabras dialogó con Aníbal Jozami, rector de la UNTREF, y director general de BIENALSUR

¿Más allá de las exitosas cifras cuál es tu balance de la primera edición de BienalSur?

Nuestro balance sobre esta primera edición es muy positivo, porque pudimos llevar adelante este gran proyecto -que en un principio parecía un poco alocado, y hasta irrealizable- en los términos que nos habíamos planteado, y hasta excediéndonos de las metas iniciales, incorporando más instituciones, más muestras, y más países.

Además, en todos las instancias tuvimos un éxito de público y de participación social notable, un aspecto que para nosotros es central porque desde el inicio nos planteamos que BIENALSUR debía constituirse como un espacio artístico y cultural para llegar a nuevos públicos e incorporarlos al mundo de la cultura; y una herramienta de integración regional a través de la cultura, ya que entendemos que entre las causas por la que los países del sur no han podido consolidar mecanismos de integración está la vieja costumbre de mirar poco al vecino y siempre hacia el norte.

Entonces, realizar la bienal al mismo tiempo en tantos países, y que las sedes estén intercomunicadas entre sí, permitió generar un diálogo que fue muy rico e interesante, y que hasta ahora nunca se había establecido, entre públicos que iban a ver una exposición en Bogotá, otros que la estaban viendo en el Bellas Artes de Buenos Aires, o en la vieja cárcel de Valparaíso.

¿Cuáles crees que fueron las claves para el éxito obtenido?

Nosotros decimos que la Bienal no se hace cada dos años, sino que dura dos años, y en ese sentido nuestro trabajo comenzó mucho antes de la apertura, en noviembre de 2015, con una serie de reuniones que llamamos Sur Global, por las que transitaron casi 25 mil personas, fueron meses ininterrumpidos pensando cómo debía ser esta nueva bienal, cómo serían las muestras, etc, que permitieron la incorporación plena de las distintas instituciones a la red, y también tuvimos mucha colaboración de las universidades, y museos de los países. Obviamente, por el tamaño de la bienal hubo dificultades, pero fueron más de tipo práctico que de tipo teórico, más relacionadas con la producción que con la concepción.

También otra de las características de la Bienal fue que como no era temática estuvo abierta a todas las iniciativas, y bajo ese lineamiento realizamos un concurso para artistas y curadores donde recibimos 2543 proyectos de creadores de 78 países, con temáticas totalmente diversas, donde cada artista y cada curador podía plantear la temática que quería, pero también el lugar en que creían debía realizarse su muestra en caso de que fuera seleccionada. Obviamente, luego nosotros teníamos la decisión, pero ese mecanismo nos permitió dar cuenta de cuáles eran los discursos que fluían hoy en el mundo de la cultura, y también poner a prueba la capacidad de las personas, que en general no están acostumbradas a trabajar en un clima de total libertad.

Ese mecanismo fue clave para que podamos presentar a artistas que estaban en el exitoso fin de su carrera, pero también a jóvenes de 23 o 25 años, o para conocer a artistas que estaban fuera de los circuitos de circulación del arte convencional, como el francés Bertrand Ivanoff, que pintó el Palais de Glace, que no participa de ningún circuito de comercialización porque sus obras no son vendibles.

¿Justamente, en línea con esa ruptura, considera que otro de los logros de la bienal fue romper con éxito ciertos preceptos tradicionales?

Creo que la propuesta logró romper muchos tabúes tradicionales del mundo del arte, algunos casi fundamentales, como el que indica que una obra de arte debe ser única, al mostrar a través de obras como Touch, de la artista Regina Silveira, que instaló esas inmensas manos en San Juan, en Buenos Aires y en Rosario,  que eso no debía ser necesariamente así, algo que además nos permitió lograr una adhesión y un apoyo inusitado de los artistas, para quienes fue maravilloso ver como una obra que consideraban tan importante podía ser disfrutada por públicos de tantos lugares.

También, con obras como la de Pablo Siquier, su gran mural de 30 por 110 metros realizado en el puerto de Rosario, logamos una integración entre la gente y la obra que fue inaudita, con cientos de chicos patinando y andando en bicicleta sobre la obra, tratando de utilizar los dibujos como pista; o una participación social memorable, como en el caso de Cucuta, una ciudad ubicada en la frontera colombo venezolana, que fue de las más importante de Colombia porque era el puerto de ingreso de mercaderías, y tenía un gran desarrollo cultural, que vivió la realización de la bienal como una señal de  recuperación de ese prestigio, y entonces los habitantes armaron comités de mujeres de apoyo a la bienal, comisiones populares de difusión, etc.

¿Finalizada la bienal, cómo se mantiene ese entramado en el mientras tanto?

Es que no hay mientras tanto, porque la primera semana de marzo se larga la convocatoria para proyectos de artistas y curadores de cara a la próxima, y el 18 de abril ya está pautada la realización de la primera reunión Sur Global que contará con importantes invitados, nos servirá para realizar un repaso y acelerar la marcha hacia la segunda, aunque los motores nunca se apagaron.

Antes hablabas de la posibilidad que abrió la Bienal de detectar los discursos que fluían en el mundo de la cultura, sin realizar una cartografía completa ¿qué acentos te parecen destacados?

Una de las cuestiones que detectamos fue que artistas de diferentes generaciones y diferentes lugares del mundo coincidían en sus temáticas y en sus enfoques prácticos y teóricos sobre sus obras. Eso nos permitió montar en el Centro Cultural Haroldo Conti una maravillosa muestra sobre la memoria -trabajada desde un lugar muy amplio, que abarcaba desde sus memorias íntimas hasta las memorias sobre los grandes acontecimientos y dramas de la historia- realizada por nuestros curadores, en base a obras de más de 30 artistas que se habían presentado de manera individual, pero que habían trabajado sobre esa temática. Lo mismo ocurrió en la Casa Nacional del Bicentenario con la muestra sobre el pensamiento salvaje, por ejemplo.

También nos llamó la atención el deseo de la gente de tener una participación activa, con convocatorias que lograron no solo participación sino asistencia perfecta, como Imágenes de mi mundo, del fotógrafo iraní Reza, o Turn del artista japonés Katsuhiko Hibino, entre otras.

¿De cara a la segunda edición que modificaciones organizativas o metas te parece importante sumar?

Seguramente habrá muchas novedades, pero desde el vamos me interesaría lograr un poco más de distancia en el tiempo entre las inauguraciones que se realizan en cada país, para propiciar la realización de más reuniones de discusión tipo seminarios, más allá de las Sur Global, para que quienes no pueden trasladarse o participar por streaming, tengan otra posibilidad de sumar contenido; y también estar en algunos países donde esta vez no pudimos, como Venezuela, porque la situación particular del país lo impedía, o en más países de África.

 

 

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