Hasta el 6 de agosto, se puede recorrer en el Centro Cultural Borges, la exposición “Aromas de mercado” de Gustavo Reinoso. Un recorrido sobre el antiguo mercado Urquiza donde sus padres tenían una fiambrería y donde él comenzó a dibujar arriba del mostrador. Lejos de la melancolía, el autor propone recuperar esos espacios perdidos que tenían una marcada función social. Donde el mercado era el ágora del barrio.

Por Alba Piotto

Si fueran palabras impresas y no trazos en la tela, serían aguafuertes tirando de la memoria por algún hilo interno. Pero son relieves sobre lienzos que están ahí, curiosamente, para que el espectador lo complete con su propio aroma, color y termine de darle forma al recuerdo. El artista plástico y muralista argentino Gustavo Reinoso (Buenos Aires, 1969) oficia de cronista en su muestra “Aromas de mercado”, un viaje que es propio, suyo, de su niñez, del punto inicial de su vocación artística, pero que opera como un llamador: trae al presente mucho más que un contexto personal.

Los 13 paneles de la exposición son homenaje y rescate de olores, paisajes y juegos, que persistieron en el tiempo y que se recrean en el antiguo Mercado Urquiza, de Triunvirato y Monroe, donde su padre, Adolfo tenía una fiambrería. Y donde él, Gustavo, empezó a dibujar. Lo hacía casi compulsivamente cuando volvía de la escuela –que quedaba ahí nomás- en el papel que servía para envolver los fiambres, subido a un cajoncito de madera para alcanzar la altura del mostrador. “Rey Gustavo” era el nombre del puesto. Y sí, por él, que ostentaba la corona de ser hijo único de Adolfo y Clelia.

Alrededor de él, el murmullo de las historias cotidianas, de los personajes que transitaban los corredores, son los que ahora habitan en la sala 27, del Centro Cultural Borges. De aquel mundo que revive en los lienzos, apenas tres puestos superaron el paso del tiempo hasta hoy.

“En realidad, fue más que un homenaje –se sincera-. Me rondó la idea de recuperar el espíritu de esos lugares que eran comunidades solidarias y donde los puesteros tenían con el cliente una relación cercana y amena”. Y lanza un ejemplo: “Era habitual que una vecina viniera y dijera: ‘¿Me lo mirás al nene que ya vuelvo?’. Y el pibe se quedaba jugando al cuidado del puestero hasta que su mamá volvía”. Pero además, existía la palabra empeñada. Porque el centro del mercado era una suerte de ágora donde se hacía una reunión general, si era necesario, a modo de asamblea, para cerrar causas comunes, como por ejemplo, el alquiler. Un apretón de manos y a seguir trabajando.

Y no sólo los pactos de adultos que aprendían los más chicos. En sus rastros, el lugar era generoso en paisajes y posibilidades de inventar juegos. Las canaletas de la pescadería, por caso, se convertían en ríos perfectos para una regata de papel. O la “Fórmula cuchara”, el grand prix que surgía con lo ahorrado en la semana para ir al quiosco del “Gallego” y comprar algún autito Fórmula 1 de plástico; después se le agregaba masilla y una cuchara de alpaca para acondicionar la máquina con la que iba a correr con los amigos del barrio. En el recorrido de las obras, se descubre al pequeño Gustavo en plan mocito de Giuseppin, la pizzería, llevando gaseosas, sifones de soda limpiando las mesas para juntar unas moneditas. Todo eso era el mercado Urquiza; el sitio que fue llenando de representaciones al futuro artista.

El ágora del barrio

Al contrario de los shoppings, aeropuertos, andenes, por donde la gente circula y transita esos “no lugares”, como definió el antropólogo Marc Augè, en los antiguos mercados porteños el lugar era en sí mismo. Donde “el otro” tenía entidad; era alguien. Y el lugar se convertía en punto neurálgico del barrio, la charla diaria de los vecinos. Nadie era anónimo.

P: Esos mercados cumplían una función social. Yo recuerdo a los que iba con mi familia: el Spinetto –devenido en shopping- y otro que estaba donde ahora está el complejo La Plaza. Tengo recuerdo muy vívidos de los puesteros, las conversaciones…

R: Sin lugar a dudas cumplían una función social. Tenían y eran una identidad. El mercado era un snapchat muy particular –sonríe-. No faltaba el chismerío, el boca a boca que daba vida al barrio. Todo eso se perdió; no hay lugares parecidos. Si vas al supermercado lo más cercano que tenés es la cajera o el repositor, que difícilmente pongan amor en esas tareas que están sistematizadas. En las góndolas encontrás frutas incomibles. En el mercado, si no tenía una buena fruta, el verdulero te decía: “No lo lleves porque no vino buena” o “esperá dos o tres días antes de comerla”.

Una vida sin emoticones pero donde nadie olvidaba un rostro o un gesto. Y están ahí, plasmados en los trece paneles que Gustavo Reinoso trabajó con perspectiva de arquitecto -profesión que ejerció durante 20 años-; con un aire de cubismo que no termina de serlo del todo. Todo comienza en el tablero, después los bocetos pasan a la tela que ya tiene una pátina de látex; y luego es ir dándole forma y textura con acrílico mezclado con cola vinílica o papel en polvo.  Todo el trabajo le consumió un año y medio. Antes, fueron horas de charlas con su padre. Aparecía una imagen y se desataba una catarata de caras y recuerdos. Entonces, se preguntó en el comienzo: “¿Por qué no contarlo?”.

El hijo de Adolfo y Clelia, los de la fiambrería, tuvo la excusa de su historia personal para revivir el significante de un mercado de barrio. Y él –un guiño para el espectador- aparece en toda la obra, a modo de Juanito Laguna, el emblemático personaje de Antonio Berni. La comparación, o mejor la evocación, no es azarosa: Reinoso lo menciona por admiración de quien tuvo una influencia temprana. Y no tardó mucho en identificarse con el movimiento de los muralistas latinoamericanos.

Al rescate de la memoria

Convertido ya en un artista con nombre propio, Reinoso volvió a aquel mercado para rescatar lo que quedaba y completar la memoria. Volver al olor, a algún rostro surgido del pasado, y también a bocetar el lugar. Como cuando era chico, que dibujaba en el mostrador y colgaba de los estantes sus primeros trazos que las clientas se llevaban por 1 peso. Fueron, sin saberlo, las primeras coleccionistas de su obra. Y con lo recaudado, compraba revistas: Billiken, Condorito, Patoruzito, y se ponía a copiar las historietas.

P: ¿Pudiste rescatar alguno de aquellos dibujos?

R: No. Pero estuve cerca. Cuando daba clases en la facultad de Arquitectura, me crucé con una docente que me preguntó: “¿Vos sos el hijos de Adolfo?”. Y me contó que cuando era chica, iba a mercado Urquiza sólo para verme dibujar. Su mamá había conservado uno de mis dibujos debajo del vidrio de la mesa de luz, hasta un par de años antes de ese encuentro. Un papel ya viejo y roto. Me hubiese gustado mucho recuperarlo.

Originalmente, había pensado hacer la muestra en el mismo mercado. Pero no fue posible. “Pensaba que si el mercado me había transformado a mí y me había dado herramientas, yo regresaría para transformarlo en otra cosa”, comenta. Ideó una suerte de performance entre los puesteros. Para eso, llevó el panel de la fiambrería de sus padres, “Rey Gustavo”, y armó una mini galería de arte durante cuatro días. “La gente estaba enloquecida”, cuenta. Me decían: “Ah, ¡vos sos el nene de Adolfo!”. Fue abrir aquel mundo para mostrarlo y también para que, de alguna manera, lo vieran a él como parte de aquello alimentó su fantasía de niño y de artista principiante.

Y cierto es que la memoria colectiva reconoce rápidamente las emociones. Así, el hijo del dueño de la pescadería le recitó las primeras estrofas del himno paraguayo, que había escuchado tantas veces de don Adolfo Reinoso, cuando abría su fiambrería. Es que el abuelo de Gustavo, había sido diputado en Paraguay y se había exiliado en la Argentina en tiempos de Alfredo. “Y era verdad: mi papá recitaba ese fragmento del himno de Paraguay al abrir el puesto. ¡Habían pasado cuarenta años! Ni yo sé esas estrofas”, dice emocionado.

Aquella mini exposición fue puro anecdotario: los hijos de los verduleros le recordaron el “amansa loco”, un cuchillo largo y plano que don Adolfo tenía para cortar fiambres: “Cuando hacíamos mucho quilombo con los chicos, mi viejo golpeaba la hoja de ese cuchillo contra el mostrador. Y a ellos, le quedó ese ruido”, sonríe.

Y así, recorriendo los paneles, se acuerda de la pelota que hacían con las redes de tela que envolvían los fiambres: “Era nuestra pelota de trapo”, afirma.

P: Más allá de la satisfacción por el trabajo hecho, ahora que ves las obras exhibidas y observás a la gente que recorre la muestra. ¿Cuál es la emoción que surge?

R: En la inauguración me sentí contento. Pero la mejor caricia, la deja la gente cuando llega y conecta con algo de lo que quisiste decir. Cada día que pasa, miro la muestra menos emotivamente y esta distancia es como estar macerando. Me siento satisfecho, aunque estoy pensando en modificar la técnica que usé.

P: ¿Qué fue lo más difícil o complicado de encontrar?

R: Llegar al estilo gráfico, un cubismo que no llega a ser cubismo, las transparencias. Los bocetos eran muy de línea suelta con papel de calco. Así fui construyendo las geometrías.

P: ¿La ausencia de color tiene una intención o es sólo parte del estilo?

R: La ausencia de color es el juego con el espectador, quien a través de un esfuerzo emotivo e intelectual vuelca sus propios colores. Es incentivar a la persona a que complete la obra imaginando esa paleta, los olores, los ruidos. Los colores por afuera, son contextuales. Por ejemplo: la fiambrería de mi padre tenía venecitas y de ahí salió el color del lienzo; la verdulería obviamente es verde; la entrada al mercado es bordó porque  el lugar estaba pintado con antioxidantes y quedaba ese tono; y la pescadería es gris porque ese era el color del paisaje de los pescados.

La intención, además de completar la obra, es que el espectador recupere los espacios perdidos. Los sociales; los espacios comunes.

Por supuesto que cada panel contiene cierta nostalgia, pero no hay melancolía. Esa nostalgia llama a no olvidar que, alguna vez, la palabra tuvo peso, que había un sentimiento común y que los juegos  podían surgir de la imaginación. Y que en un mercado también había arte. A él le pasó.