El futbolista Nicolás Burdisso fue un referente del Boca campeón de Carlos Bianchi. Jugador de la Selección argentina, hace años que desarrolla su carrera en Italia, donde fue figura en el Inter, en el Génova y ahora juega en el Torino. Y es también propietario de Vinos de Potrero, una bodega que lleva adelante su mujer, Belén Soler Valle, en Mendoza. Ella, graduada en periodismo y sommelier, es la manager y estuvo en Buenos Aires para la presentación de sus vinos, que están saliendo fuerte ahora al mercado. Sobre el sueño de la bodega familiar, la pasión por el vino y las similitudes entre el viñedo y el potrero, dialogó con Palabras.

Tu marido es un futbolista muy reconocido. ¿Cómo surgió la idea de tener una bodega?

Hace 14 años que vivimos en Italia, nos fuimos en el 2003. Compramos la finca con mi marido en Gualtallary en 2008 porque queríamos comprar algo de nuestra tierra. También tenemos un campo en Lobos, nos gusta tener cosas en nuestro país e invertir en su potencial. El argentino en general es muy orgulloso de su país y de su gente, cuando está afuera. Yo lo soy, de mi país y sus productos. En Italia muchos te hablan de la carne de Argentina, que vinieron a Buenos Aires y probaron el bife, y los vinos, y la gente es divina, y todo eso es verdad, Buenos Aires es único. No estábamos pensando en hacer un vino ni mucho menos, compramos ahí porque nos parecía un muy lindo lugar y cuando nos lo ofrecieron nos dijeron que tenía un potencial. Gualtallary es un marco precioso, tenés los Andes imponentes, la precordillera, el lugar es una locura. En 2008 plantamos los viñedos y pensamos en hacer un vino para nosotros, para consumirlo con amigos. De nuestra tierra, tener la uva y hacer el vino. Contactamos a Bernardo Bossi, nuestro enólogo, nos conectamos con la gente de Wine Idea que nos hicieron el proyecto comercial y nos desarrollaron lo que es ahora esta pequeña empresa que recién está dando los primeros pasos.

¿Siempre les interesó el mundo del vino?

Como a cualquier mujer al principio no te gusta, pero después empezás a probar y no parás. Es un mundo y se te abre un mundo, porque es hermoso el mundo del vino. De los primeros momentos que estábamos en Italia empezamos a ir a recorrer bodegas. Nos encantaba y nos encanta ese plan. Con nuestros hijos, los lunes que mi marido tiene libre, la pregunta es “¿Dónde vamos hoy?”. Cuando estábamos en Roma íbamos por la región del Lazio, que no tiene los mejores vinos, pero son siempre vinos Italianos, cuando estábamos en Génova más que más porque estás a una hora en la Toscana. Es muy lindo porque en Italia te reciben sus dueños. Vas a la mejor bodega, que exporta para todo el mundo, y te abre la puerta el dueño y te cuenta toda la historia, por lo general son emprendimientos de años y años de viñedo que ahora los toman los nietos o los bisnietos, pero siempre algo muy familiar. Sus dueños lo atienden con una gran pasión y cada vez nos íbamos enamorando más de esto, como proyecto familiar. Me encanta porque hacés algo con tu tierra, con la naturaleza, el clima, el terroir… Así tuvimos estos dos primeros vinos, 2.000 botellas en 2012 y 2.000 en 2014 y dijimos, bueno, por qué no hacemos algo chiquito y empezamos muy de a poco con unas botellas de un vino muy premium, porque la uva es muy buena y el lugar es espectacular, con una concentración buenísima de fruta y de acidez.

¿Cuántas hectáreas tienen?

Tenemos 8 hectáreas plantadas, pero trabajamos con 16 hectáreas del mismo lugar. Sacamos unos 5.000 kilos por hectárea. Está dentro de Tupongato Winelands, un lugar muy grande que tiene varias viñas chiquitas y te ofrecen toda la gestión de tu uva. Nosotros ahora tenemos todo propio, con nuestros ingenieros agrónomos. Es un trabajo que empieza ahí.

¿Y cómo saltan a la producción a mayor escala?

Cuando decidimos expandirnos, la gente de Wine Idea nos dijo que no valía la pena hacer todo lo que significa tener una marca por un solo vino. Entonces trabajamos toda la línea. Fueron meses de reuniones por Skype, con mi hermana acá que es como si estuviera yo. Hicimos la etiqueta con un chico de La Consulta porque apostamos a la zona donde está el viñedo. Me levanto, mando a los chicos al colegio (soy mamá de tres nenes de 14, 12 y 10) y sé que tipo dos de la tarde empiezo a recibir mensajes y la mayoría de las reuniones las hago a las 11 de la noche.

Pero necesariamente hay momentos de la producción de un vino en los que hay que estar.

Sí, claro, y ahí viajo. Mi marido viaja sólo cuando puede, en junio, venimos con los chicos y vamos a Mendoza. Así armamos esto, no mirándolo como un negocio porque no surgió así, sino habríamos hecho otra cosa. Por supuesto nadie quiere perder dinero, pero la motivación no es ésa sino hacer algo para que el día de mañana, es nuestro deseo, nuestros hijos continúen y sus hijos continúen algo que nosotros veíamos en Italia y nos parece hermoso: trabajar con la tierra en tu lugar de origen y heredar esa pasión a tus hijos y a tus nietos. El mundo del vino es muy cálido, muy genuino, es un producto que sale de la naturaleza. Y siempre una copa de vino todo se mira mejor.

Decías que al principio no te gustaba el vino, ¿cómo te hiciste consumidora?

Cuando era más joven no me gustaba el vino tinto. Tomaba vino blanco, más dulzón, en Italia me encanta el Brachetto y el Lambrusco, un poco espumante y dulzón. Dicen que cuando te empieza a gustar el buen vino, te deja de gusta más el dulce, pero a mí me sigue gustando, y el otro también. Italia tiene la mejor cocina del mundo y para el italiano la comida es todo. Hay un disfrute alrededor de la mesa de los italianos. A mi marido siempre le gustó, empezamos a probar más y a mí me empezó a gustar, hasta que decidí hacer el curso de sommelier porque me interesaba el más allá, de dónde nace el vino… Estudié en Genova hace dos años. Pero no me considero sommelier, no me detengo tanto en las notas, sino en si el vino me gusta o no me gusta.

¿Y qué vinos te gustan?

El Amarone, el Babaresco, de los argentinos el Malbec, los que hacemos nosotros. Me gusta mucho el Torrontés salteño. Cuando venimos a Argentina compramos muchos vinos argentinos y lo llevamos allá.

¿Cómo son sus vinos?

Malbec de Potrero, el primero de la línea, refleja directamente nuestro terroir: frutado, fresco, joven y fácil de tomar, para un asadito con amigos, le sentía mucho las flores y la fruta. En Reserva de Potrero sentís más la mineralidad del terreno, más calcáreo, ése es mi preferido. El Gran Malbec de Potrero tiene un buen equilibrio entre la madera y la fruta, es más complejo. Y el Debut es nuestro ícono, el primer vino que hicimos, que es el único blend, 60% Malbec, 20 % Syrah y 20% Cabernet Franc.

¿Conocen los italianos de vinos argentinos?

Mirá, cuando hacía el curso me daba bronca porque hablaban mucho de los vinos chilenos y no de los argentinos. Ellos me decían que conocían, que recién estábamos empezando.

¿Ustedes exportan a Italia?

Sí, tenemos una importadora, llegaron hace dos meses. El otro día los presentamos en Don Juan, un restaurante argentino en Milán y gustó muchísimo, degustamos las cuatro etiquetas. Lo tenés que preparar al italiano a que va a probar algo diferente. Elos consumen vinos italianos que son unos vinazos. En Italia tenés una variedad de uva que no hay en otro lado del mundo, es muy grande. Y tienen una cultura milenaria de vinos. El sommelier daba a probar nuestra primera etiqueta, el Malbec de Potrero. Me puse a escuchar lo que le decía la gente que iba al restaurante, que está siempre lleno, y muchos le decían “Uh, qué potente” y él les contestaba “Sí, el Malbec argentino es así”. Por eso, hay que prepararlos.

¿Qué respuesta tienen una vez que descubren eso tan diferente?

Les encanta, empiezan a descubrir cosas. Gusta mucho y va a gustar mucho, pero hay que ir metiéndolo de a poquito. Ahora vivo en Torino y presentamos en el Palazzo Imperiale de Génova el vino con el consulado argentino. Lo distribuimos en restaurantes y vinotecas. Les gusta mucho la idea que tuvimos de hacer esta analogía entre el potrero y el terroir.

¿Cómo sería?

Esa fue idea de mi marido. Cuando fuimos a Mendoza, me dice “esto parece un potrero”. El terreno es pedregoso, muy calcáreo, no estaba plantado nada. Era un potrero. Cuando empezamos a pensar dijimos Vinos de Potrero, por el potrero y el terroir. El terroir es el ambiente, el clima, la gente que trabaja, todo lo que envuelve a hacer un vino. Mientras más pobre sea el terroir, mejores van a ser los resultados de la uva, más concentración, más acidez, porque la planta tiene que buscar un camino para nutrirse y conseguir el agua, aguantar el abrasador sol del día y el frío de la noche, y el vino va a ser un excelente vino. En Argentina, los chicos en el potrero tienen que destacarse en un terreno adverso, con pozos, de tierra, con otros chicos que le pegan patadas. Son las adversidades del entorno y el pelearla desde abajo, venir de nada, estar solo… El que se destaque y sea una gran estrella en el potrero, se va a destacar en los mejores estadios.