luna park
Sede de la mayor parte de los acontecimientos políticos, culturales y sociales que marcaron a nuestro país durante el siglo XX, el mítico estadio de la Av. Corrientes y Bouchard tiene ya un libro a la altura de su figura: “Luna Park: El estadio del pueblo, el ring del poder” (Sudamericana), una obra donde los periodistas Juan Manuel Bordón y Guido Carelli Lynch, reconstruyen exhaustivamente el devenir y los principales hitos públicos que albergó desde su fundación, develando, además, la historia íntima que como telón de fondo se fue tejiendo en torno a su propiedad.

Para conocer los avatares de la investigación, y algunos detalles en torno a las múltiples historias que recogen en la obra, Palabras dialogó con Guido Carelli Lynch.     

¿Cómo surge la idea de hacer esta obra?

Inicialmente nuestra idea era hacer un libro sobre boxeo,  específicamente  sobre la vida de un boxeador puntual. Pero en una de las primeras reuniones con la editorial, conversando con su director, y con Ana Laura Pérez, la editora, fue surgiendo este foco, que adoptamos rápidamente. Conocíamos la importancia del espacio, e intuíamos que el Luna Park era un poco la caja de resonancia de la cultura popular y la política argentina del siglo XX,  pero desconocíamos la historia, casi una novela familiar, que había detrás de la propiedad del Luna,  que es muy interesante, y estamos muy contentos de haber encontrado.

Para reconstruir ese entramado tuvieron que remontarse a los orígenes del Luna, ¿qué nos podés adelantar en torno a esa etapa?

El primer Luna Park estaba donde hoy se encuentra el Obelisco, era un estadio abierto ubicado  sobre ese terreno, alquilado a muy bajo precio por Ismael Pace y Pepe Lectoure. Se estaba trazando la Avenida 9 de Julio, y cuando por la construcción del Obelisco se tienen que mudar, le alquilan al ferrocarril los terrenos de Avenida Corrientes y Bouchard, donde ahora está el Luna; una decisión sin duda audaz, no sólo por lo que implica construir un estadio sobre un terreno alquilado, sino también porque estaba en una zona de la ciudad donde, en ese entonces, no pasaba nada, era solo un sector marginal por el que pasaban trabajadores del puerto. Sin embargo realizan la obra, y en el año 1936 le construyen el techo del Luna, que implicó un gran salto, porque les permitió brindar espectáculos todo el año.

Para realizar esa obra contaron con la ayuda de la constructora que les otorgó un préstamo devuelto años después. Los fundadores, en principio, eran más visionarios que hombres de gran fortuna.  Realmente, comienzan a juntar plata gracias a Justo Suárez, “el torito de Mataderos”, que es como el primer fenómeno popular del boxeo, porque Pepe Lectoure, era entrenador además de empresario, y, en alguna medida, podemos decir que explota a Suárez, que termina teniendo un destino trágico, y pierde por knock-out, poco tiempo antes de su muerte.

Ya con el peronismo, y a partir de la relación cercana que tenía especialmente Pace con Perón, el Luna consigue la habilitación definitiva, lo que implicó, entre otras cosas, que se detenga el proyecto que tenía el intendente peronista de esa época para la zona. Años después cuando ambos fundadores mueren, en el lapso de seis años, el Luna queda en manos de sus dos viudas, y allí por el 56 aparece la figura de Tito Lectoure, con quien estamos todos más familiarizados, aunque nunca fue el propietario, sino la cara visible, el gerenciador y el match maker, tarea que asume cuando quien lo precedía en esa tarea se enferma.

Entonces, mientras Tito empieza a ocupar ese espacio, en paralelo, su tía Ernestina de Vechi,  empieza a sacar a toda la gente de Pace, entre ellos a Lázaro Koczi,  el mentor de Gatica y Pascual Pérez, el único campeón mundial que había hasta ese momento. A partir de ahí, y con el tiempo, Tito fabricó trece campeones mundiales, realizó muchísimas cosas, pero, insisto, nunca fue el propietario del Luna, un dato central ya que, por lo general, existe cierta confusión en torno a este punto.

Y es que, desde su rol como cara visible, Tito protegía a su tía con quien, además, mantenía una relación sentimental; y cuando Ernestina se queda con el 100% de la propiedad, todo indicaba que él era el heredero natural, sin embargo, en 2002, Lectoure muere, inesperadamente antes que ella pese a ser 20 años menor, y Ernestina, que fallece en 2013, termina heredándole el Luna a Caritas y a la Obra de Don Bosco.

Previo a esto escribe tres testamentos, el primero, que se modifica tras la muerte de Tito Lectoure, da lugar a un segundo testamento que le dejaba el Luna a la obra del Padre Grassi, que fue quien ofició en el velorio de Tito de hecho; pero al saltar el escándalo de pedofilia,  el documento se vuelve a modificar en favor de los propietarios actuales.

Sin embargo, la familia Lectoure, que solo heredó una bóveda, sugiere que en la decisión final hubo cierta cooptación de la voluntad, ya que Ernestina muere en 2013, luego de bastantes años de enfermedad, además era una señora muy grande, y su abogado, que oficiaba de apoderado, tenía relaciones con la iglesia.

Toda esta historia atraviesa la totalidad del libro, y nos encantó haberla encontrado, porque es como un telón de fondo de todos los acontecimientos deportivos, políticos, culturales que tuvieron al Luna como escenario durante el siglo XX.

Retomando esto último, ¿por  qué caracterizan al Luna como “el estadio del pueblo y el ring del poder”?

Cuando hablamos de “el estadio del pueblo”, queremos evidenciar el poder de convocatoria de ese espacio, un lugar del que todos nos apropiamos en algún momento; y algo que en el proceso de investigación, cuando comentábamos sobre lo que estábamos trabajando era evidente: Nadie podía evitar contarnos sobre la pelea, el espectáculo, o el acto político que fue a ver al Luna, que durante décadas  fue el estadio más grande de Latinoamérica, y por el que pasaron  acontecimientos que trascendían lo deportivo, como el velorio de Gardel, el de Julio Sosa, o el de Bonavena; aunque aún en términos deportivos, tipos como Locche trascendían también el box: eran la Argentina de los años 60.

En referencia al ring del poder, me atrevo a decir que todos los políticos pasaron por ahí, desde presidentes democráticos a presidentes de facto, todos tenían la tentación de mostrarse cerca de los campeones mundiales de box, fueran Perón o Videla.

Además, como te conté antes, los dueños siempre tuvieron, por convicción o necesidad, una relación cercana con el poder, Pace era peronista, y con el peronismo consiguió la habilitación definitiva, por ejemplo. Es cierto que, al llegar la Libertadora, hay un período un poco conflictivo, donde allanan bastantes veces el estadio, amenazan con clausurarlo, e inician una investigación sobre Pace por defraudación. Sin embargo, luego de su muerte, en el 65, el 10° aniversario de la Libertadora se celebra allí. También fue el lugar donde Balbín promulgó su candidatura, se lanzó Alfonsín en el 83, jugó al básquet Carlos Menen, surgió la Cámpora, y Néstor Kirchner realizó su último acto público.

¿Y por qué crees que más allá de su capacidad el espacio corrió esa suerte?

Arquitectónicamente el Luna Park no es más que un viejo galpón, hoy lo podemos ver revestido por fuera, con cierta pretensión, pero arquitectónicamente no es importante. Obviamente, era un lugar que tenía capacidad para recibir casi 20 mil personas  aún con un ring, o un gran escenario central, como el que usó Sinatra en el año 81.

Ciertamente, durante décadas fue el estadio más grande de Latinoamérica, y tenía una excelente ubicación geográfica, cuando lo que en principio era un sector marginal de la ciudad, se comenzó a convertir en el centro. Sin embargo, creo que la clave en todo esto es que el Luna Park comenzó a generar su propia mística a partir del valor simbólico de los espectáculos y sucesos que albergó.

Cuando Gardel fue velado en el Luna, obviamente, la decisión se tomó exclusivamente en función de su capacidad, y de que era techado, pero después, eso mismo, lo convirtió en un lugar al que lo precede su historia: a cualquier peronista seguramente lo motivaba estar en un lugar que había sido un altar del peronismo, donde Perón y Evita, dice el mito, se conocieron, y donde, efectivamente, pronunciaron discursos varias veces, por ejemplo.

Entonces, con el tiempo, llenar el Luna se convirtió en una medida, en un termómetro de las aspiraciones de los políticos, y también de los músicos, que siempre hablan de lo que significaba llegar a ese mítico lugar.

¿Y qué pasa con esa impronta a mediados de los 80?

De alguna manera otra peculiaridad del Luna es que en determinado momento parece adelantar o cristalizar la Argentina que se viene, así el casamiento de Maradona en 1984, de alguna manera adelanta el menemismo, por ejemplo, lo que se refuerza, cuando  unos años después, en el 87, Lectoure decide cerrar el Luna al boxeo.

En este punto es preciso decir que igualmente el box nunca fue la actividad que más dinero redituaba, de hecho, Holliday on ice, por ejemplo, sirvió durante muchos años para sostener antieconómicamente buena parte de la actividad boxística. Igualmente, por esa época se inicia una “reconversión”, que tiene en la presentación de Drácula, el musical, un símbolo inequívoco. Ese espectáculo fue uno de los pocos producidos por el Luna por fuera de las peleas y de los 6 días en bicicleta, que también eran una marca propia, porque Holliday on ice, que estaba muy emparentado no era un producto del Luna Park.

Con Drácula, Lectoure de manera muy audaz decide invertir un millón de dólares en la obra de Cibrián, que en ese momento todavía no era un productor exitoso. En el libro, Ángel Mahler habla de esto, y están también las entrevistas de la época, donde Tito resalta su decisión de demostrar que en Argentina se podía generar un musical a lo Broadway; y más allá de nuestra opinión particular en torno a sí realmente Drácula tenía o no esa calidad, lo cierto es que fue un suceso, el público lo abrazó, y logró convocar 5 mil espectadores por función.

¿Con esto crees que Lectoure retoma la iniciativa  de los fundadores al asumir un rol empresarial?

Yo creo que los fundadores eran personas tremendamente audaces, que tenían una visión adelantada para la época. El boxeo, de hecho, cuando inician con el primer Luna estaba prohibido, era solo practicado por algunos sectores de elite como entretenimiento; y ellos, tal vez por estar en la vanguardia, deciden transmitir la pelea Firpo vs Dempsey, que se pasa por radio en el viejo Luna, generando un suceso de público que determina finalmente la legalización del box.

Tito, en tanto,  fue un excelente promotor de box, aunque ejerció un monopolio, eso también hay que decirlo, ya que el Luna funcionaba casi como la Federación de Box en Argentina, y Tito era como un Julio Grondona del box,  pero más amable. Sin embargo no lo caracterizaría como un gran empresario, ya que la que siempre llevaba los números era su tía Ernestina, una inmigrante italiana que llevaba la contabilidad del estadio como si fuese la de un almacén, anotando todo en cuadernos, pero con un nivel de obsesión profesional, que fue lo que le permitió generar la fortuna necesaria para tener y mantener el Luna Park.

Retomando la infinidad de acontecimientos y figuras que albergó el Luna en su historia, ¿cuál fue el que más te impactó de los que reconstruyen en el libro?

Para nosotros fue muy revelador el contacto con las familias que estuvieron involucradas en esta historia. Poder hablar con Isabel Pace, la hija de Ismael, que se desprendió rápido del 25 % que heredó del Luna tras la muerte de su padre; y a quien su madre quería enganchar con Tito, aunque ella no quería saber nada, fue importantísimo. También, obviamente, fue un hallazgo hablar con Esteban Livera, el sobrino de Lectoure, que administró el estadio hasta que lo desplazaron, y que por ser familiar directo de los dueños recibió, justamente, la bóveda familiar en Chacarita, casi un chiste.

En relación a los acontecimientos, reconstruir  el acto nazi de 1938 fue muy impactante, porque nos llevó a encontrarnos con una Argentina y una Buenos Aires desconocida.

Era el 10 de abril de 1938 y en el Luna tuvo lugar lo que fue uno de los actos en favor del nazismo más grandes por fuera de Europa. Se celebraba el día de la unidad nacional, en función de la anexión de Austria por parte del régimen de Hitler, y aquí, junto a simbólicas votaciones a favor, se pronunciaron acalorados discursos por parte de personas que vinieron Alemania, émulos absolutos de Hitler, que hablaron frente a unas 15 mil personas vestidas con toda la parafernalia nazi, en un Luna ambientado con banderas y cruces esvásticas. Todo terminó con corridas, más de 50 detenidos y dos muertos, a raíz de los enfrentamientos entre quienes estaban en el lugar y los miembros de la Federación Universitaria que protestaban en las inmediaciones.

Realmente, creo que ese fue uno de los sucesos más grandes para reconstruir, junto al box de los inicios, y, por supuesto, a la figura de Lectoure, ya que el libro funciona también casi como una biografía de Tito, y es que como el asumía al decir  “yo estoy casado con el Luna”, o “no hay diferencias entre el Luna y yo”, su figura es omnipresente, y para nosotros, retratar esa personalidad, y esa soledad, fue también muy interesante.

Finalmente, también me encantó corroborar como a través de ciertos episodios que sucedieron en el Luna podíamos ir contando la historia política y económica del país, y las relaciones surgían solas, sin necesidad de forzarlas, como el anticipo del menemismo con el casamiento de Maradona, que hablamos antes, o como el recital de Sinatra, una propaganda pro dictadura, que termina quebrando a Palito Ortega.