Finalmente, llegó a las librerías El juego de la mancha, Literatura Random House, la última novela del escritor y economista Eduardo Levy Yeyati, una obra que se sumerge en el universo retrofuturista de una Buenos Aires marcada por la distopía del fin del trabajo, plagada además de suicidios y sospechosos accidentes.

Nacida como un ejercicio literario hace más de dos décadas, la novela que fue finalista en 2004 del premio Sudamericana La Nación, permite explorar desde la ficción, las posibles consecuencias de permanecer indiferentes frente a un fenómeno que forma parte de las discusiones centrales de nuestro tiempo.

Para conocer algo más sobre esta historia, sobre la decisión de publicarla, y sus próximos proyectos Palabras dialogó con Eduardo Levy Yeyati, adelantando la presentación de la obra, que se realizará el 5 de mayo próximo en la Feria Internacional del Libro.

¿Cómo surge la decisión, dos décadas después de su escritura inicial, de lanzar El juego de la mancha?

El Juego, en principio, fue un ejercicio de entrenamiento literario que surgió allí por 1998, que luego tomé más seriamente, y se transformó en mí primera novela, a la que, además, para probar como le iba en el año 2004, presenté en el concurso por el premio Sudamericana La Nación, donde quedó finalista.

Igualmente, cuando llegó ese momento, yo ya estaba trabajando en otras cosas, y el proyecto de publicación quedó en el limbo, suspendido hasta hace dos años cuando sentí curiosidad por ver si podía darle una nueva vida, ya que, justamente, estaba trabajando como economista con temas asociados a muchas de sus premisas en torno al tema del fin del trabajo. La circulé entre editores, les pareció que estaba muy bien, la revisé, la actualicé un poco, y finalmente la lanzamos luego de 15 años en los que estuvo esperando su oportunidad.

¿Y cómo fue en ese momento, pero también ahora en el proceso de corrección, abordar desde la ficción una temática sobre la que sos un referente desde el punto de vista académico?

A mí este ejercicio me sirvió un poco desencorsetarme, porque cuando trabajas el tema del trabajo desde el punto de vista académico lo ves con una perspectiva un tanto panorámica, pero cuando lo pensás del lado de la ficción, sobre todo compenetrándote con los personajes, podes ver más claramente sus connotaciones psicológicas, e incluso llevarlas al extremo llegando a situaciones oníricas o sumamente dramáticas, que te permiten visualizar el núcleo de la relación que tenemos la mayoría de nosotros con la ocupación y el trabajo; y lo que significan en términos de nuestros parámetros de vida.

La ficción me permite entonces ver una cara menos estilizada que la que surge cuando uno mira el tema desde un punto de vista más técnico, y enfrentarme con todo el dramatismo que implica de la pérdida del trabajo, además de pensar desde otro lugar nuestra relación con el ocio.

¿A partir de esas posibilidades cómo fue el proceso de escritura de esta novela?

La escritura partió precisamente de esa premisa, me dije: imaginemos una sociedad y unos personajes que no tienen nada para hacer, en términos de lo que uno generalmente considera como hacer que es la rutina cotidiana, y empecé a pensar qué hacemos con nuestro ocio cuando no estamos preparados, cómo nos motivamos, cómo llegamos al final del día, o como esto repercute en nuestras relaciones y en nuestro propio cuidado personal. Esa era la premisa, sobre la que solté a los personajes y los puse a interactuar.

Ahora bien, obviamente, uno se pone a escribir y la trama lo va llevando, y así en la novela aparecen aspectos que están vinculados al policial, o al noir, toda una línea que es casi una parodia del conspiracionismo, porque uno nunca sabe muy bien si toda esa historia de células clandestinas y desapariciones están arraigadas en la realidad, o son elucubraciones de gente que tiene mucho tiempo para pensar y nada para hacer.

Igualmente, ese futuro sórdido, distópico dista de tu visión para abordar la problemática desde lo teórico

La novela presenta el futuro malo, indaga en lo que pasaría si nosotros no hiciéramos nada, o si el Estado y la política adoptaran una actitud prescindente sobre lo que sucede con el trabajo. En este sentido, aun cuando hay varias referencias literarias la más clásica está en El hombre en el castillo, de Philip K. Dick, que construye una realidad paralela, que hacia el final se revela no es la historia tal como sucedió. En este caso esto es como un Buenos Aires, una Argentina, un mundo paralelo donde nadie hizo nada para evitar la distopía del no trabajo.

Lo que yo pienso es que las sociedades reaccionan, y precisamente mi trabajo como economista, como intelectual, o pensador apunta a eso, a la posibilidad de llevar esto hacia una utopía donde todos estemos mejor. Pero si no hacemos nada, El juego presenta la imagen descarnada de lo que puede ser esperar que las cosas se resuelvan solas.

Hablabas al inicio de reescritura ¿qué elementos cambiaste y cuáles permanecen de esa versión inicial de 1998 y de la premiada de 2004?

Acorté el material, realicé algunas modificaciones de estilo, pero elementos centrales como el contexto no variaron porque como es una realidad paralela me parecía interesante plantearla en un tono retrofuturista, dibujando casi como un 2001 alternativo.

Por otra parte, si bien cuando la comencé a escribir los personajes tenían mi edad, o solo un poco más al reencontrarlos no perdí la identificación con ellos y no sentí

la necesidad de repensarlos, recuperarlos fue como reencontrarte con aquellos viejos amigos que no ves por mucho tiempo, y un día te sentás a tomar un café y sentís que no pasó el tiempo. Son personajes de la adultez, y allí una década más o menos no hace diferencia, sobre todo porque el no trabajo te quita también en parte esas referencias temporales.

¿Y en relación al lector ideal que te imaginabas en el inicio tampoco hubo cambios?

Yo creo que ahí sí porque los temas que disparan la acción en la novela se han vuelto tópicos muy actuales, que han adquirido mucha más connotación. La gran ventaja de la ficción en este sentido es que me permite salir del lenguaje académico, más formal, y hablarle a un montón de gente que en el otro caso vería estos temas con una distancia excesiva, y meterme en las imágenes, en la cabeza y las pesadillas de un lector que no toca estos temas todos los días, pero los intuye porque el tema del trabajo está en nosotros todo el tiempo. Además, también desde allí la reacción es de alto impacto, de sorpresa, es como que el libro te sacude, algo que difícilmente puede causar una columna editorial.

¿Este reencuentro ha sido la puerta para encarar otros proyectos ficcionales?

Afortunadamente sí me he reencontrado con esa veta, y de hecho tengo el proyecto de escribir una nueva novela en base a un guión que preparé hace un año y medio. Mi única restricción es que el registro literario en mi caso es opuesto al registro ensayístico, no puedo intercalar espacios de literatura con espacios de ensayo, y necesito tener tiempo, no en el día, sino en el año para sentarme a escribir, pero tengo el programa, y el argumento para lo que espero será mi próxima novela, y en algún momento de este 2018 espero poder recluirme, llenar mi cabeza de literatura y sentarme.

Sobre el autor

Eduardo Levy Yeyati es economista y escritor. Académico de prestigio, es autor de los ensayos La resurrección (2008, con Diego Valenzuela), Vamos por Todo (2012, con Marcos Novaro) y PorVenir (2015), todos en Sudamericana. En esta colección publicó las novelas Gallo (2008) y Culebrón (2013; finalista del premio Letra Sur). Creó y condujo los programas “Tasas chinas” (Radio UBA) y “PorVenir” (TV Pública). El juego de la mancha fue finalista del premio Sudamericana-La Nación.