10 años después de Magic resort, su segunda novela de 2007, Florencia Abbate acaba de publicar Felices hasta que amanezca (Emece), una obra que propone 9 relatos construidos en “la frontera entre la realidad y los acontecimientos disparatados que la realidad nos propone”.

Doctora en letras, periodista, investigadora del CONICET, ya con El grito, su primera novela de 2004, la voz de Abbate se instaló de lleno en el universo de la nueva literatura argentina. Luego de esa obra, que fue reeditada en 2010 y 2016, vino Magic Resort,  pero también-  antes y después – diversos libros de poesía, ensayos, y hasta un libro de cuentos infantiles.

“Siempre estoy escribiendo, me muevo en distintos géneros, pero no siento la presión de la productividad con la literatura, lo que sale debe ser genuino, y no creo que se pueda estar programando. En general, escribo cuando ya no aguanto más, cuando siento que es el momento, y cuando tengo ganas de divertirme, porque la literatura me proporciona mucho placer, mucho disfrute, me saca del mundo, y cuando siento que el mundo es muy hostil, todavía me dan más ganas de sentarme a escribir”, le cuenta Abbate a Palabras, solo unas horas antes de la presentación pública de la obra que marca su reencuentro con la narrativa.

“Allí por 2008 tenía la idea de hacer una novela, había construido algunos personajes, algunas historias, pero luego abandoné el proyecto. Parte de esos personajes, y esos apuntes reaparecen ahora en estos cuentos, que finalmente escribí de un tirón el año pasado. A veces hay historias que se quedan demasiado tiempo adentro, dando vueltas, hasta que sentís la necesidad de volcarlas en el papel y ver que sale”.

Escribir narrativa es una actividad muy absorbente, que requiere mucho trabajo, mucha corrección, hacerte ese tiempo no siempre es fácil. Además las personas que escribimos en Argentina en general no vivimos de nuestras obras de ficción.

Bajo esos impulsos y condiciones los nueve relatos de Felices hasta que amanezca, narrados en su mayoría desde la perspectiva de una mujer, exploran relaciones y deseos. “Son historias sobre el encuentro entre mundos distintos, sobre el choque de mundos, y la fascinación que eso produce, narrados por mujeres concentradas en contar al otro, que no problematizan su interioridad, sino que están concentradas en narrar lo que la pasa al otro,  aunque muchas veces están involucradas, porque son relaciones de las que forman parte”.

¿Influyó tu trabajo como periodista en la construcción de estas historias?

Algunos de los cuentos están vinculados con mi trabajo como periodista, porque las historias surgieron o se inspiran en distintos viajes e investigaciones que realicé. Hay un cuento que transcurre en el Salvador, otro en el Líbano, otro sobre una pareja que está en el Cabo Polonio.

En general empiezan de un modo realista pero terminan casi rozando lo fantástico, que no llega a ser fantástico, sino que dan cuenta de ese elemento absurdo del mundo, de esas cosas que muchas veces leemos en los medios y decimos “que locura”, aunque son parte de la realidad. Están en la frontera entre la realidad y los acontecimientos disparatados que la realidad nos propone.

Son historias muy contemporáneas, pero que además se hacen cargo del vértigo que implica la contemporaneidad desde lo formal, porque en la narración las cosas ocurren a mucha velocidad, que es un poco la sensación que tengo yo sobre el mundo.

Igualmente, en relación al periodismo, o al trabajo de los medios, yo creo que la literatura cumple una función opuesta a la de los medios de comunicación: los medios trabajan con el tiempo de la información, y la información es lo que ya pasó.  En el momento en que te lo digo ya pasó.

Quienes hace años hacemos periodismo sabemos que una de las sensaciones más fascinantes de cuando todavía se leían diarios en papel era que vos escribías algo y al otro día con ese diario alguien envolvía media docena de huevos.

Justamente el carácter efímero que tiene la información en los medios plantea una lógica opuesta a la de la literatura que por ahí intenta, en ese tiempo vertiginoso, atrapar o captar un fragmento, una imagen, o una historia, y percibirla lo más intensamente posible, que es también lo contrario de como percibimos las historias en los medios.

La literatura intenta detener algo, para que cada uno pueda percibirlo de una manera singular, y darle un tiempo que no sea el del olvido, porque la literatura habla de los hechos pero también de vos y de mí. El lector que encuentra algo en un libro es porque siente que ese libro habla de él, de sus propias experiencias.

¿Descartado el proyecto de novela fue sencillo este regreso con un libro de relatos?

Aunque en el mundo editorial sigue existiendo cierta preferencia por las novelas, y cuando llevas tu primer libro a una editorial más o menos grande por lo general te dicen que para instalarte como autor un primer libro tiene que ser novela, como si solo después te pudieras dar el gusto de escribir cuentos, creo que esto responde a un prejuicio bastante absurdo  que actualmente los escritores y los lectores están rompiendo reivindicando al cuento, que además  de adecuarse mucho más a las posibilidades de la lectura y la escritura contemporáneas, cuenta en la tradición  literaria argentina con fabulosos cuentistas, escritores y escritoras, que lo practicaron  de manera magistral, comenzando por la obviedad mayor que sería Borges, pero al margen de él, muchos otros autores también.

Yo, por otra parte, siempre estoy escribiendo, y me muevo en distintos géneros, pero no siento la presión de la productividad con la literatura, lo que sale debe ser genuino, y no creo que se pueda estar programando.