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Gabriel Casaburi es especialista principal en la división de Competitividad e Innovación del Banco Interamericano de Desarrollo y jefe de proyectos de ese sector para nuestro país.

Hacia fines de 2016, estuvo entre los principales expositores que el ministerio de Cultura de la Nación convocó en sus jornadas sobre Cultura y Desarrollo, donde reafirmó el interés de la entidad en la promoción de las industrias creativas como generadoras de empleo, riqueza e innovación.

Para conocer las características especiales del sector de las industrias culturales, e indagar en las líneas de acción que se están proyectando, Palabras dialogó con Casaburi, donde el especialista además ofreció un esclarecedor panorama sobre el estado de la discusión en torno a innovación y competitividad en Latinoamérica.

Como experto en la materia y a partir de tu larga trayectoria de trabajo en la región, ¿cómo describís el estado actual de las políticas de innovación y competitividad en América Latina?

En términos generales, la región está mal, vamos corriendo atrás en políticas de innovación y competitividad. Obviamente, esto tiene diversas razones. En principio, durante décadas las sociedades no le daban importancia a estos temas, los países estaban mal gobernados, y preocupados por otras cuestiones; luego, en épocas más ideológicas, cuando reinaba el Consenso de Washington, bajo la premisa de que el mercado resolvía todo, las mejores políticas de innovación parecían ser las que no existían. Finalmente, durante los últimos 15 años,  el panorama empezó a cambiar, y se generó un nuevo consenso en torno a la importancia de estas políticas, aunque, pasar de eso a ser Corea, implica muchas décadas de aprendizaje, destino de recursos, mejora en la capacidad del estado para hacer las cosas, y todo eso se hace gradualmente.

Hay una medida, que como toda medida de las que son tan agregadas es imperfecta, que te dice cuánto gasta un país en políticas de innovación y desarrollo en relación a su PIB. Y, aún con todas sus imperfecciones, te da una noción sobre el tema.

A partir de eso podemos ver que los países ricos gastan el 3% en estas políticas, Finlandia, Israel, Corea, que son los mejores casos, el 4%; y que en América Latina, un solo país, Brasil, alcanza el 1 %, mientras los demás están entre el 0,5 y 0,7%.

Es una medida imperfecta, la medición es difícil, pero creo que aun así te da en un primer acercamiento un panorama claro: mientras todo el mundo está en el 3% o el 4% nosotros en el 0,5%. Evidentemente, algo no está bien.

Por otra parte,  en esas grandes cifras confluye tanto el gasto del sector público como el que hacen las empresas, el sector privado, para innovar. En los países ricos la composición indica, en general, que dos tercios proviene del sector privado, y un tercio del sector público, mientras que en  América Latina es al revés: tenemos, por un lado, un problema de decisión de políticas públicas, nuestros estados invierten menos que otros; pero además tenemos un sector privado que no arranca, que no invierte.

Para llegar a esa situación operan muchos factores: contextos malos, falta de incentivos, marcos regulatorios que no promueven la inversión, sectores de especialización de baja innovación, etc. Hay un tema de transformación estructural de las estructuras productivas que tiene décadas de discusión, pero al que aún no le encontramos la vuelta. Aunque, volviendo a las buenas noticias, al menos en el cono sur hoy existe más preocupación por este tema que en otras épocas.

¿Y cómo se inserta en este marco el tema del sector creativo o de la economía naranja?

La discusión sobre la reconversión productiva, que tiene 6 o 7 décadas, tampoco es siempre  la misma, sino que ha ido cambiando. Así, durante los últimos tiempos, frente a preguntas como ¿qué es un sector innovador?, ¿qué significa  un cambio estructural?, etc,  hemos ido redescubriendo que eso no solo es producir computadoras, autos o teléfonos, sino que más allá del producto concreto, en todos los sectores hay siempre un enclave más innovador y competitivo.

Así, se empezó a generar un giro, y a mirar empresas que antes tal vez no eran observadas, y que son muy intensivas en conocimiento. En ese nuevo mirar, justamente, aparece el tema de las industrias creativas.

¿Cuál es el enfoque del Bid sobre este tema?

Nosotros desde el área en que trabajamos tenemos una mirada que, por supuesto, no niega la importancia de la identidad cultural de los pueblos, ni la importancia de que los pueblos tengan sus propias expresiones culturales, pero nos enfocamos en pensar al sector como un dinamizador de la economía, un sector que genera empleo, trabajo, exportaciones, y que contribuye a esa diversificación de la economía que estamos buscando desde hace décadas.

Y comenzamos a descubrir, en sintonía con el resto del mundo- ya que este enfoque es muy nuevo en el resto del mundo también- que, efectivamente, estos son sectores que están muy buenos, que generan situaciones de win-win (gana gana), ya que producen buenos empleos y mejoras en el consumos de bienes culturales, pero también en la producción, el intercambio con otros países, las exportaciones, etc.

Tratándose de un área de incipiente desarrollo ¿cuáles son las acciones que han ido desarrollando en torno a la misma?

En este camino de aprendizaje, y entre muchas otras acciones, en 2013 el BID generó una publicación, La economía Naranja, esencialmente dirigida a la divulgación de la temática, que es una de las más bajadas de internet en la historia del banco, y tuvo un impacto enorme en la tarea de sensibilizar a la región sobre este sector.

A partir de ahí, nos empezamos a preocupar también por aprender cómo hacer políticas para el sector: descubrimos que es interesante, que no solo es bueno desde la mirada del consumo cultural, sino también desde la generación de empleo, riqueza, exportaciones, entonces, ahora debemos focalizamos en pensar qué políticas debemos hacer y cómo.

Estamos acostumbrados a que las políticas de promoción de la innovación, se centren, por ejemplo, en cómo hacer para que se exporte una maquinaria agrícola a Sudáfrica, algo que está muy bueno, y que se sigue haciendo, pero ¿cómo se hace para innovar en servicios? Sobre eso estamos trabajando y aprendiendo.

¿Y cuáles son los principales temas que están abordando?

Tenemos publicaciones nuevas, hicimos un libro muy interesante sobre innovación en servicios, que está disponible en nuestra web, ya que todo aquello que generamos de conocimiento es para uso gratuito y público, y empezamos a ver cosas nuevas e interesantes. Entre ellas, por ejemplo, el tema del entorno regulatorio, que si bien es importante para cualquiera, muchas veces se deja de lado. ¿Cuáles son los incentivos?, ¿qué se puede o no hacer?, ¿cuáles son las cargas impositivas? Muchísimas cuestiones que en los servicios parecen ser mucho más gravitantes que en otros sectores.

Otro tema que trabajamos es el de los derechos de autor, que en las industrias creativas es central.  Y si bien en el marco general, los derechos de propiedad intelectual, siempre fueron importantes, nosotros en  América Latina tenemos una concepción, que por supuesto no es la oficial, ni la del BID, pero que funciona como un consenso implícito, donde como somos consumidores de innovaciones que se generan en otros lados, no nos importa demasiado hacer respetar la propiedad intelectual. Mientras los países ricos que generan mucha innovación les interesa que esos derechos sean respetados, a los países pobres, que consumen lo que se genera en otras partes, esto no les interesa tanto.

Y en el sector de las industrias creativas esto no puede ser así. La región es una productora  importantísima de bienes culturales, y por esto hay una intención de protegerlos, y proteger el trabajo de nuestros creativos y autores en todos los sectores, aunque en general no tenemos sistemas que funcionen muy bien para hacerlo, por un lado, porque nuestros estados no funcionan muy bien, y por otro porque hasta hace muy poco no había una visión clara sobre la importancia de estos temas. Esa es un área donde nos interesa trabajar.

También, otra área importante, es la que denominamos “capital humano específico”. En innovación general uno sabe que nos pueden faltar ingenieros, científicos, etc; pero acá ¿qué es lo que nos falta? La respuesta no es tan sencilla, obviamente. Entonces, sintetizando, vemos que se abren dos grandes focos, por un lado, el creativo, en general, no tiene mucho interés ni habilidades para temas empresariales, y las industrias creativas como cualquier otra las necesita: necesita tener la capacidad de instalar una empresa nueva, pagar impuestos, vender un contenido. Sobre esto estamos trabajando con encuentros, seminarios, y otras líneas, en función de juntar estos mundos, el de los creativos, y el de la empresa.

Por otra parte, existe una dificultad adicional, la empresa creativa no es como cualquier otra, implica una especificidad, y sobre esto también estamos trabajando con los gobiernos de la región, pensando si vale la pena tratar con las universidades u otras entidades de capacitación para la generación de posgrados específicos en gestión de industrias creativas.

Argentina tiene una ventaja que es que tiene empresarios en el mundo audiovisual, teatral, etc. hace décadas. Sean buenos, sean malos, existen, entienden cómo se hace plata con esto, pero nos interesa que sean más, algo que se puede hacer desde una política pública, y sobre esto estamos pensando y trabajando con muchísimo entusiasmo.