Por Alba Piotto

Nuestro mundo se convirtió en la “aldea global” que Marshall McLuhan predijo con asombrosa precisión hace medio siglo, gracias al desarrollo tecnológico que, posibilita que en los comienzos del siglo XXI, el valor supremo sea “estar conectados”. Y con la extensión de nuestro propio cuerpo a mano: el smartphone. ¿Podríamos prescindir del teléfono celular? Probablemente sí. De hecho, sí. Sin embargo, con este dispositivo resolvemos mucha cosas de nuestra vida cotidiana a través de numerosas aplicaciones: pedir un delivery de comida, un taxi o un “uber”, sacar tickets para un show, comprar ropa o zapatos, tickets de avión, hacer reservas en hoteles, enviar algún regalo, mirar una película o capítulo de una serie mientras viajamos en transporte público, entre muchas otras cosas. También, nos informamos, participamos, organizamos y colaboramos. Incluso podemos tener el control de nuestra “casa inteligente”, capaz de manejarse sola y ahorrarnos energía. Del mismo modo, podemos entrar en una dating app y concretar alguna cita. Satisfacemos nuestra necesidad o nuestro ocio en cualquier momento, en cualquier lugar. Y hasta podemos prescindir de tener en la pantalla esta multiplicidad de aplicaciones, en tanto surjan otras nuevas que permiten concentrar en una sola, muchas de esas ofertas, como sucede con la reciente llegada Glovo, una suerte de delivery y mensajería, donde los usuarios además pueden convertirse en “glovers” (cadetes) y ganarse unos pesos en sus ratos libres. La consigna es que lo pedido o enviado sea recibido dentro de una hora, como tiempo estipulado.

Por el momento, esta nueva aplicación se encuentra accesible en un radio delimitado de la ciudad de Buenos Aires.  La app fue creada en España por Oscar Pierre hace dos años, y busca posicionarse como un complemento en los procesos de entrega de las plataformas de e-commerce. ¿Cuál es el modelo de negocio? El usuario paga 30 pesos por el servicio de entrega, las empresas que forman parte de la plataforma le dan un porcentaje de comisión a Glovo y a su vez, los glovers reciben unos 100 pesos por hora por el servicio prestado.

Consumidores omnívoros

Como escribí en mi ensayo “Pantallas. Cómo salimos y entramos de estos espejos oscuros donde el valor de la información domina nuestros consumos” (Letras del Sur, 2016), el universo de pantallas múltiples creó la categoría de “consumidores omnívoros”, un término que proviene de la sociología y de los estudios culturales. Y más precisamente, el de “consumidores digitales” que se aplica para entender cómo se alimentan de y por los diversos canales a los que están conectados ( smartphone , tablets o notebook).

Desde el punto de vista del marketing, los usuarios devenidos en omnívoros digitales, se extendieron con el ingreso de la mujer al consumo tecnológico, ya que se perfilan como las principales compradoras online: hacen shopping virtual más que los hombres . Un dato que, además, encierra cierta lógica: en su mayoría son los de la generación M, los millennials que nacieron y crecieron con una pantalla en la mano. Se calcula sólo en 2016, en los Estados Unidos, gastaron unos 750 mil millones de dólares en compras online.

Los dispositivos contribuyen a transformar nuestro modo de relacionarnos, de aprender, de trabajar o de andar por una ciudad. Llevado a la educación, por ejemplo, el objeto material (una innovación tecnológica) se convierte en un objeto político, en tanto a igualdad de oportunidades y dinámicas sociales que esto genera.

El espacio virtual está inserto en el territorio de la cultura y sus ofertas, a través de un ecosistema donde hay nuevas maneras de identificación, hay un nuevo comportamiento, formatos que cambian con nuevas estéticas y nuevos lenguajes.

Solo en una década se pasó del predominio audiovisual al digital y la conectividad y la movilidad (moving content) que afectan la vida social de los usuarios.

Las nuevas tecnologías redefinen una cultura colectiva, donde los actores sociales se apropian y hacen circular su objeto -y sus valores simbólicos- que se va resignificando.

Como analizó el sociólogo polaco Zygmunt Bauman: “En la sociedad de consumidores nadie puede convertirse en sujeto sin antes convertirse en producto y nadie puede preservar el carácter de sujeto si no se ocupa de resucitar, revivir y realimentar a perpetuidad en sí mismo las cualidades y habilidades que exigen en todo producto de consumo (…) La característica prominente de la sociedad de consumidores –por cuidadosamente que haya sido escondida o encubierta- en su capacidad de transformar a los consumidores en productos consumibles”. Con lo cual, podemos finalizar, diciendo que es necesario comprender el contexto en el cual se da el avance tecnológico: una sociedad de consumidores que, además, son consumidos, como productos, deseables y deseados.

La sociedad hipermoderna modela a sus individuos en anfibios que se mueven entre la realidad y lo virtual, arrastrados por la liquidez de la época.