Referente insoslayable del teatro político de nuestro país, Héctor Levy Daniel es un dramaturgo, director, docente, investigador, y guionista, que dirige durante los viernes de junio en Teatro Nun del barrio de Villa Crespo, “La Fundación”, un obra teatral escrita por Susana Torres Molina.

Licenciado en Filosofía, con una tesis sobre Nietzsche,  su carrera -casi una cartografía de los múltiples cruces entre la historia y la política- es el resultado de una formación que reconoce maestros como Ricardo Halac,  Laura Yusem, Rodolfo Hermida, o Ricardo Piglia.

Con una prolífica producción como dramaturgo, que comprende decenas de obras reconocidas y multipremiadas, “La Fundación”, constituye una experiencia inusual en su trayectoria, ya que contadas veces ha llevado a las tablas textos que no sean de su autoría.

Palabras dialogó con Levy Daniel para conocer más sobre esta obra e indagar en la mirada de este intelectual cabal y polémico que encontró en el teatro, como ha dicho más de una vez, el arte que mejor representa su propia naturaleza.

¿Qué encontraste en la obra de Torres Molina que te decidió a trabajar sobre su texto?

Por un lado, fue la tensión dramática que se sostiene desde el principio hasta el fin de la obra. Esa tensión determinó que la leyera en un tiempo muy breve, y me hizo pensar que si se lograba trasladar esa tensión a la escena, la pieza iba a captar fuertemente la atención del público. Observando la respuesta que ahora tiene la obra, puedo decir que mi presunción fue acertada. La puesta, en la que el excelente trabajo de los actores tiene un rol fundamental, logra que los espectadores difícilmente se distraigan de lo que sucede en la escena.

Por otro lado, el tema de la obra, que refleja uno de los mecanismos por los cuales se institucionalizó la apropiación ilegal de los hijos de los desaparecidos que deja en claro la estrecha relación del poder civil con la dictadura militar de 1976.

Debo reconocer que, más allá de estas dos razones, hay ahora una razón adicional que de ninguna manera podía prever al momento en que la leí: en estos momentos, a casi seis meses de gobierno de Macri, la obra se resignificó profundamente y se convirtió en un espectáculo de resistencia y de descarga. Los espectadores encuentran en La Fundación un modo de pensar no sólo en la dictadura militar sino en las alternativas de los momentos que nos tocan vivir, ya que difícilmente pueda negarse la continuidad ideológica entre los objetivos de la dictadura militar y los del gobierno actual.

¿Tomando en cuenta esta obra, pero básicamente mirando en términos generales tu carrera, qué preguntas o hipótesis crees que han guiado las distintas elecciones que fuiste realizando?   

Sin contar mi primera obra, llena de defectos, escrita a los veinticuatro años – que sin embargo me obligó a plantearme una cantidad de temas y cuestiones que no me abandonaron nunca a la hora de escribir- desde “Rommer, los últimos crímenes”, mi primera obra estrenada bajo mi propia dirección,  hasta el día de hoy, lo que ha guiado mi búsqueda en muchas de mis obras creo que es la reflexión sobre la historia y sobre la política.

En esta reflexión me he encontrado con temas como el exterminio, el antisemitismo, el modo en que los acontecimientos históricos y políticos atraviesan los destinos individuales, o el modo en que el ejercicio del poder puede significar la devastación de aquellos sobre quienes se ejerce. Estos  temas prevalecen en gran parte de mi producción.

Hay sin embargo obras que, aunque han recibido premios, permanecen todavía sin estrenar y tratan sobre otros temas. Por ejemplo, “Poker”, que trata sobre relaciones familiares, o “Últimos esplendores antes del viaje”, que es una metáfora sobre la existencia que se plantea a través de imágenes de lo que podría ser la vida después de la muerte. “Dinero. Heptalogía”, estrenada bajo mi dirección junto a Clara Pizarro, trata el modo en que los vínculos entre las personas se ven determinados por el dinero. Esto en cuanto los temas. Pero para mí los temas no son todo, ni mucho menos.

¿Y más allá de ellos entonces que elementos definís casi como constantes?

Yo creo que tan importante como el contenido de las obras lo es la forma. Por esa razón, en cada una de mis obras puedo decir que hay una investigación sobre el mejor modo de exponer o presentar la materia dramática. En cada una de mis obras puedo decir que hay un dispositivo, un dispositivo que me permite articular las situaciones dramáticas de manera diferente en cada caso.

La reflexión sobre la forma que pide la materia dramática es para mí una cuestión fundamental. Por último, en estos últimos tiempos me ha seducido mucho la apropiación de clásicos para generar versiones en las que pueda investigar sobre el material para considerar mis propias obsesiones. Es el caso de “Los hechizados”, por ejemplo, una versión muy libre de la obra de John Ford “Lástima que sea una puta”.

¿Entonces, entre temas y dispositivos dramáticos, nuevamente, por qué hoy “La Fundación”?

En sintonía con mi propia búsqueda, creo que La Fundación es una obra profundamente política porque considera de qué manera un hecho histórico como la desaparición forzada de personas y la apropiación ilegal de los niños de los desaparecidos durante la dictadura militar significan consecuencias devastadoras sobre el tejido social en general y sobre los individuos en particular. Estas consecuencias han dejado marcas que son necesarias observar permanentemente porque quienes las han dejado están siempre dispuestos a volver para realizar exactamente la misma tarea.

La dictadura militar significó no solamente el exterminio de treinta mil personas, sino la reconfiguración económica de la nación para tratar de aniquilar todos los avances sociales producidos durante el siglo XX. Para llevar adelante esta tarea necesitaron de la tortura, la represión y el genocidio. Actualmente quienes nos gobiernan exhiben los mismos objetivos: generar una sociedad con una enorme cantidad de excluidos a favor de una minoría privilegiada. Y lamentablemente no sabemos hasta dónde están dispuestos a llegar para alcanzar estos fines. Los espectadores que asisten a ver La Fundación tienen una oportunidad para reflexionar sobre estas cuestiones.

¿Ya como director cuáles fueron tus expectativas y deseos en torno a la puesta, y, en todo caso, cuáles sentís, que al menos precariamente lograste alcanzar? 

Como director, mis objetivos fueron traducir escénicamente la tensión y el vértigo que se desprendían de la lectura del texto. A juzgar por la respuesta del público y la crítica, estos objetivos fueron alcanzados. Creo que el secreto estuvo en el trabajo con los actores, quienes realizaron una labor valiosísima que es reconocida por los espectadores, que se van de la sala en muchos casos profundamente conmovidos. Sin el trabajo de los actores, mis ideas de puesta difícilmente hubieran podido cumplirse. La puesta en escena tiene su base fundamental en la dirección de actores.

En una entrevista que te realizaron hace un tiempo te planteabas como un empecinado defensor de la búsqueda de la densidad de sentido, ¿frente a qué tendencias debiste asumir esta posición?

Durante mucho tiempo, muchos autores defendieron la posición que enunciaba que el teatro no tenía por qué ocuparse de lo que se denominaba vagamente “lo importante”. En sintonía con las posiciones posmodernas entonces en auge, eximían al teatro de cualquier búsqueda de sentido. Sin decirlo explícitamente, y tal vez sin sospecharlo, hacían una especie de elogio de la banalidad. Esto se expresaba en sus discursos teóricos, más que en sus propias obras, que en muchos casos llegaban a niveles de profundidad incompatibles con aquellos discursos. Y es con estos discursos que he discutido, a menudo desde escritos teóricos en los que intentaba fundamentar mi posición. Jamás traté de impugnar las obras de estos autores, ya que considero que cada autor tiene el derecho de escribir lo que quiera y en todo caso se trata de una consideración de tipo estético: puede gustarme o no lo que realizan y puedo incluso justificar mi juicio de valor. Pero no se trataba de discutir acerca de las obras sino acerca de los discursos que supuestamente les daban sustento.

Además, esas posiciones de defensa de la banalidad eran incluso defendidas por críticos e investigadores que disfrazaban su defensa con elaboraciones teóricas insustanciales. Y es contra estos autores y contra estos críticos e investigadores que he defendido la densidad de sentido: una obra tanto más sentido tiene cuanto más resonancias provoca, en diferentes tiempos y en diferentes lugares. Y es la densidad de sentido la que hace que exista lo que conocemos como clásicos. Las resonancias que provocan en diferentes tiempos y lugares es lo que hace que las obras perduren a través de los siglos.

Lo importante no es un “mensaje” que se formule de antemano sino una especie de espejo en el cual el hombre puede contemplar su propia condición, con sus miserias y sus dichas.

¿Con qué directores, dramaturgos, pensadores  contemporáneos o no, argentinos o no, sentís que hoy dialogas desde tu trabajo?

Me interesan aquellos autores y directores que precisamente, sin renunciar a la búsqueda de sentido, investigan permanentemente sobre la cuestión de las formas, por esto mis modelos en el teatro argentino son Griselda Gambaro y Tato Pavlovksy, que jamás resignaron la posibilidad de lograr densidad de sentido a través de sus obras.

 

Ficha técnico-artística. Dramaturgia: Susana Torres Molina. Actúan: Emiliano Diaz, Estela Garelli, Carlos Kaspar, Florencia Naftulewicz. Vestuario: Cecilia Zuvialde. Escenografía: Cecilia Zuvialde. Diseño de luces: Ricardo Sica. Fotografía: Camila Levy-Daniel. Asistencia de dirección: Marina Kryzczuk. Prensa: Marisol Cambre. Dirección: Héctor Levy-Daniel.

“La Fundación” se puede ver los viernes a las  21,00 hs.  en Nün Teatro Bar, Juan Ramirez de Velasco 419.  web: http://www.nunteatrobar.com.ar