Por Esencial

Siempre invisible, como soy, el viernes pasado me colé en la fiesta de cumpleaños por la década recuperada que armó el iluminado Tristán Bauer en Tecnópolis y, ya en la puerta, me encontré con un muñeco Zamba mucho más triste de lo que se lo ve en Paka Paka. El personaje formoseño se quejó porque, sin clases presenciales desde hace un año y medio en tierras de Insfrán, tuvo que resignarse a ser la mascota del hoy vacunatorio que el ministro y director de cine exhibe como su emblema de recuperación cultural post macrismo.

“Después de la tierra arrasada, estamos nuevamente en un momento de reconstrucción”, dijo Bauer, que en el libro que presentó durante el acto recordó amargamente el momento en el que encontró a la figura gigante de Zamba tirada y rota junto las de Belgrano y San Martín –decapitada por Lombardi– entre los pastizales crecidos del predio de Villa Martelli.

Mientras Bauer hablaba de justicia social, independencia y soberanía, en el vip donde ya que estaba me comí algún sanguchito –porque, como me dijo una periodista blonda y veterana, “hay que reconocer que si algo ha vuelto es el buen catering”–, vi a Santiago Cafiero hablando con quien quisiera oírlo de un tema que lo obsesiona: encontrarle por fin un reemplazo a Luis Puenzo –quizá uno de los funcionarios que menos funcionan– y darle un mejor destino a la codiciada caja del INCAA. A su lado, se apuraban por apuntarle alternativas el secretario de Medios, Pancho Meritello, y el creador de Tecnópolis, Javier Grossman, un cercano a Cristina cuyo nombre sobrevoló desde el primer momento como uno de los posibles candidatos a hacerse cargo del Instituto. Ahora el vuelo es rasante y carroñero: sabe que la situación no da para más.

Algunos esenciales supimos leer de inmediato cuando, en su discurso, Bauer le agradeció al presidente Alberto Fernández «la sensibilidad con la que está sosteniendo el arte y la cultura». Parte de ese agradecimiento tenía que ver con la aspiración del ministro y cineasta de crear en su cartera un INCAA paralelo, con el Instituto virtualmente paralizado. En ese sentido, no fueron casuales la lista de invitados, ni el lugar especial que se le dio en toda la celebración a la cuestión audiovisual. De hecho, la estrella de la velada fue un ambicioso mediometraje producido con fondos del ministerio que cuenta los diez años de Tecnópolis: de la creación al abandono, y la épica de su resurgimiento en medio de la pandemia.

Fue imposible no reparar en que la producción sobre el parque temático también se hizo en medio de una de las peores crisis económicas de la historia argentina, y varios se preguntaron por lo bajo cuánto costó y si no es parte –daban por hecho que sí– de la serie de producciones que el Ministerio de Cultura estuvo haciendo bajo la cuestionable modalidad de contratación directa para los amigos. En esa línea se inscribe por ejemplo el mediometraje Ensayo para Güemes, de Daniel Rosenfeld –coescrito con Mariano Llinás–, y protagonizado por Mercedes Morán y Leonardo Sbaraglia, por el que la cartera desembolsó 14 millones de pesos. La película, que se estrenó en junio pasado por el canal Encuentro, dura 58 minutos y fue producida por Habitación 1520, propiedad de un empleado de Cultura, Maxi Dubois. Bauer también decidió pagar con fondos del ministerio de Cultura los nuevos capítulos de Zamba para Paka Paka producidos por su amigo Sebastian Mignogna, de El Perro En La Luna.

Entre los encendidos festejos que tuvieron lugar pese al minuto de silencio por los cien mil muertos del coronavirus, algunos llegaron a elogiar sin disimulo a Bauer por no haber perdido el tiempo mientras se espera la resolución del caso Puenzo. “Meritello quiso hacer lo mismo con otro prócer y casi termina mandando en cana a Lufrano”, dijeron en referencia a la malograda ficción sobre Manuel Belgrano que intentó el hombre de Víctor Santa María en la TV Pública.

“Yo no sé si Cristina sabía que Tecnópolis iba a ser testimonio de la Argentina”, dijo al momento de su discurso Cafiero rememorando los comienzos del parque. Y no dudó en resumir, orgulloso: “Hay vacunas, por eso ‘Vuelve Tecnópolis’ y vuelve el futuro”. Miré a mi alrededor, y lo vi claro: no hay mejor imagen del futuro que imagina el jefe de gabinete que una veintena de dinosaurios de poliuretano y un niño formoseño marginado de la escuela y usado solo para actos públicos. Como en las películas que tal vez estemos financiando sin saber, cualquier semejanza con la realidad, es pura coincidencia.