Hace ya cuatro años, ante la certeza de que Independiente, el club de sus amores, descendería irremediablemente de categoría, el productor televisivo Luciano Olivera le escribió una emotiva carta al responsable de esa pasión: su papá, que había fallecido cuando él tenía solo 12 años. Sin espacio, pero con la necesidad de publicarlo, Olivera creó un Blog,  y dejó allí ese texto, que una mañana leyó en la radio Juan Pablo Varsky, y que finalmente se viralizó a través de las redes sociales.

Así, solo un tiempo después, nació Aspirinas y Caramelos, el  libro donde Olivera desarrolla muchas de las historias sumergidas en aquel texto inicial, que fue publicado por la editorial Aurelia Rivera, y que recientemente ha relanzado  Tusquets, en una versión corregida y aumentada.

Para conocer algunos detalles de esta nueva edición de Aspirinas y Caramelos Palabras dialogó con Olivera, en una charla donde el novel escritor nos adelanta, también sus próximos proyectos.

¿Cómo te sentís frente al recorrido que ha tenido hasta aquí tu primera obra?

Realmente todo lo que pasó con Aspirinas y Caramelos fue muy sorprendente y no me lo esperaba. En principio solo era un texto que publiqué en un blog -que además abrí específicamente para eso porque no tenía donde hacerlo- que se transformó en un libro, al que le fue muy bien, y que ahora continuando el viaje llegó a esta reedición en Tusquets, un sello que me encanta, y que está entre aquellos que como amante de la literatura suelo mirar para ver qué hay de disruptivo, de elegante, o como vos quieras llamarlo. Estar hoy allí, junto a escritores como Murakami, Kundera, y tantos otros, me parece casi una locura, y lo vivo con una alegría inmensa. Es un paso que no esperaba y me despierta orgullo y alegría.

¿Y cuál crees que es la clave en este éxito no planificado?

Creo que tal vez el secreto de esta obra, y de otras a las que les pueden pasar cosas similares, tiene que ver con la identificación. En el primer texto, en aquel primer libro, y en esta edición,  hay muchos elementos de identificación.

Cuando te cuentan una historia, por más linda que sea, sino te genera empatía, cariño, sensación de que vos también podrías haberla vivido, o amor por los personajes, siempre queda un poco lejana. Acá creo que hay una cuestión de cercanía, es una obra que le resulta muy cercana a quienes tenemos entre 40 y 50 años, a los que fuimos chicos en los 70 y los 80, y recordamos aquella época con cariño, pero también con el dolor que implicaron ciertas pérdidas.

Por otro lado, creo que otro elemento por el que prendió es porque coincidió con  la revalorización actual de lo vintage, algo que no fue buscado, pero que aparece en las descripciones del empedrado de las calles, en los recuerdos sobre cómo eran las heladerías, las galliteterías, las series que todos mirábamos. La recuperación de esa época, de ese estilo de vida, me parece que también hizo que la obra haya funcionado.

El recorrido de la obra te enfrentó a un proceso no tan usual para un primer libro como es la reescritura, ¿cómo fue atravesarlo?

Sinceramente fue gratificante pero difícil porque me enfrentó a dos dilemas: por un lado, tuve que ver cómo lo que ya estaba escrito podía ser mejorado. Un ejercicio que requirió  que me alejara un poco del texto, que tomara distancia de aquella emocionalidad inicial, para poder mejorarlo y corregirlo.

Por otra parte, para ampliarlo, tuve que indagar fuertemente en la memoria, meterme con ciertos pasajes duros, porque tenía la sensación de que en la primera versión había presentado una visión algo edulcorada de las cosas, y me parecía honesto completar el viaje con algunas cuestiones que también habían ocurrido, más allá de la muerte de mi viejo, que por supuesto aparece todo el tiempo.

Esa parte, que se llama Desnudo total, es más intensa, si querés más agria, pero sumamente necesaria. Realmente sentí que faltaba para completar la historia, y también es un ejercicio de honestidad con el lector, que desde aquel primer texto me había permitido entrar en su vida contándole la mía.

¿Y cómo te llevas con las críticas tratándose de una obra donde lo personal juega un lugar central?

Por un lado están las críticas sobre cómo está escrito, sobre las que, aunque los comentarios son muy buenos, soy muy prudente, porque en definitiva esta es mi primera obra, y creo que difícilmente alguien sea brillante en la primera jugada.

Luego, en relación a lo personal, creo que aquí como en cualquier otra obra siempre aparece el escritor, y que, finalmente, hoy vivimos en una época de enorme exposición y por eso estamos más preparados para contar más de nosotros, sabiendo que el otro va a leerlo. Convivimos con esto cotidianamente, aunque por supuesto aquí no son 140 caracteres.

Igualmente creo que la historia termina siempre desdibujando un poco la figura del escritor, y eso es lo más interesante. Yo siempre digo, leer la bio de Luciano no tiene sentido, al menos que uno cuando lo haga pueda identificarse, y Luciano termine casi desapareciendo, alejándose.

¿En medio de todo este periplo, te quedó espacio para otros proyectos?

Aspirinas y Caramelos es un libro que amo, y amaré toda la vida, pero afortunadamente ya estoy trabajando sobre otra historia, que está casi terminada, que en principio sentía era totalmente diferente a esta, y que cuando estaba en la mitad descubrí que no era tan así, que continuaba escribiendo sobre mi familia y sobre mí, aunque con otra luz: Estamos de vacaciones,  estamos en Colonia, no en Buenos Aires, con bermudas y no con traje y corbata.

Igualmente, es una novela, es orgánica, no es un cuento, y aparece mucho más la ficción. Entonces, creo que cuando finalmente salga,  muchos podrán decir: este no es el chico de Aspirinas y Caramelos, mientras que otros, con igual razón, seguramente dirán que sí. Veremos.