Manuel Mas es ingeniero y tiene 72 años. En 1992 emprendió un proyecto por entonces inédito: una bodega boutique, en un lugar de Mendoza inexplorado para la vitivinicultura. Pionera en la elaboración de vinos de alta gama, Finca La Anita es hoy una prestigiosa bodega, que tiene al frente a la destacada enóloga Soledad Vargas. Propiedad ahora del grupo suizo Origin Wines —que tiene aquí también la bodega Mendoza Wineyard— La Anita apuesta a una mayor proyección y al desarrollo de un próximo proyecto de gastronomía. Pero Mas sigue ligado a la finca que homenajea a su madre, como brand ambassador. Durante la presentación en Buenos Aires de su línea de vinos, el bodeguero habló con Palabras de su historia: cómo un proyecto personal se convirtió en una marca premium.

¿Qué significa para usted presentar estos vinos?

Un orgullo de toda la vida. Imaginate que Finca La Anita es mi vida de los últimos 25 años. Algo que empezó casi como un hobby y que poniéndole esfuerzo y ganas se terminó convirtiendo en una empresa y una marca importante. Después de 25 años, verla ahora floreciente, con gente joven que apoya el proyecto, es una fiesta.

¿Cómo decidió abrir la bodega?

Yo soy ingeniero. Trabajé toda la vida en actividades vinculadas con la construcción y la ingeniería. Cuando tenía cerca de 50 años, empecé a quererme retirar de la vida profesional. Soy mendocino y pensé: “¿Qué me corresponde como mendocino, con el capital que he ganado y las ganas que tengo?”. Bueno, tener una finca en Mendoza.

¿Usted vivía en Mendoza?

No, siempre viví en Buenos Aires. Viví en Mendoza hasta los 20 años, después me fui a vivir a Inglaterra unos años, cuando volví me instalé en Buenos Aires e hice mi vida profesional ahí. Pero cuando ya estaba dando la vuelta al final de esa vida profesional, me decidí a volver a Mendoza, comprar una finca, armar una bodega y ponerle el nombre de mi madre, que se llamaba Anita. Y ahí se fue armando ese proyecto.

¿En esa finca ya se producían vinos?

No, era una finca vieja que estaba muy abandonada, de 110 o 120 años, que había pasado por muchas manos. Estaba en un estado de mucho abandono, pero también estaba en un lugar espléndido de Mendoza que en esa época no había sido explotado, que es Agrelo. Cuando elegí el lugar lo elegí por eso, por el terroir, porque era maravilloso, porque geográficamente es lindo, está sobre la cordillera… y ahí empecé a reelaborar la historia de esa finca.

Y Agrelo se terminó convirtiendo en un lugar de referencia en el mapa del vino.

A los dos o tres años de estar ahí vinieron varias bodegas: Navarro Correas, Catena, Norton, y se fueron estableciendo en parcelas de tierra muy abandonadas en Agrelo. Pero Finca La Anita, eso sí lo puedo decir y no me lo puede discutir nadie, fue pionera en Agrelo. Cuando yo compré la finca, todo alrededor eran fincas abandonadas en las que plantaban ajo, tomate, cultivaban uvas pero sin ningún destino muy cierto. Pero era el momento en que la vitivinicultura argentina empezaba a levantar cabeza y eso fue muy bueno.

En este momento que se habla tanto de la regionalización, ¿cuál es la particularidad que tiene Agrelo?

Está a una buena altura, a 1.100 metros sobre el nivel del mar, lo cual es muy bueno porque es muy seco. Tiene lo que se llama una amplitud térmica muy importante, noches muy frías y días muy calurosos, eso es buenísimo para la vid. Y tiene muy buenos suelos y muy buen agua, las primeras aguas del río Mendoza. Todo es a favor de que el terroir pueda producir los mejores vinos.

¿Cuál es la importancia que tiene el terroir en el potencial de un vino?

El terroir es gran parte de la calidad de la uva. Parte es la manipulación que hace el hombre, trabajando, haciendo diversas tareas agrícolas, pero esas tareas agrícolas en una zona mala, por ejemplo muy calurosa, no te llevan a ningún lado. Es como si vos construís un edificio en Barrio Norte o lo construís en Mataderos, sin ánimo de hacer ninguna diferencia. Gastás la misma plata, hacés el mismo buen edificio, pero no es lo mismo.

Usted fue pionero en Agrelo, pero también fue pionero en las bodegas boutique y en la elaboración de vinos de alta gama.

Sí, hasta entonces en Mendoza funcionaban bodegas grandes, buenas, pero que hacían millones de litros de vino. Hacían vinos de mediana calidad, de alta calidad, pero no había una concentración en pequeña escala en hacer grandes vinos. En eso, yo la vi. Había viajado mucho, por el norte de Italia, por Francia, por el norte de España, y había visto las grandes bodegas y los pequeños emprendimientos, que tienen 6 o 7 hectáreas y una bodeguita, y ya tienen vendidas sus cosechas por uno o dos años en adelante. Entonces dije: “Esto hay que reproducirlo en Mendoza”. ¿Por qué en Mendoza una bodega tiene que ser solamente una fábrica de vinos que, aunque sean buenos extensivamente, la calidad es más difícil de controlar? Y ahí me aboqué a eso, una bodega chica para producir nada más que buenos vinos. Eso es Finca La Anita.

¿Cómo es el trabajo para lograr esos buenos vinos?

Tenés que tener una espalda financiera grande y tenés que tener una decisión fuerte de que hacés muy buenos vinos, o no los hacés. El vino tampoco es una cosa matemática que uno diga dos más dos es cuatro, depende de la cosecha, depende de las cosas que pasan durante la fermentación, depende del embotellado… Ahora, si vos armaste una marca y a cualquier vino que te sale más o menos lo metés y lo vendés es una cosa. Si te proponés lo que yo me propuse con Finca La Anita, embotellás y vendés únicamente lo que te sale muy bien y lo otro ya verás lo que hacés, lo vendés a granel.

¿Cuánto exportan de la producción?

El 40%, el otro 60% lo vendemos en el mercado interno porque ha sido muy fiel con nosotros. Entonces, a pesar de que exportar pueda ser mejor negocio, quiero ser fiel a esa fidelidad. A un restaurante que nos compró vinos desde una primera botella o a una vinoteca que puso nuestros vinos en su mejor lugar, no le quiero decir “disculpame, pero este año exporto todo”.

¿La modalidad de elaboración es la misma?

Ha ido mejorando, porque ha habido un desarrollo tecnológico importante. Hay mejores máquinas, hay mejores productos agrícolas, pero en principio todo pasa por el esmero que le ponés. Es como si yo te dijera “¿Un auto que te comprás ahora es igual a un Ford Falcón?”. No, pero lo manejás con la misma prudencia y el mismo cariño que manejabas hace 30 años un Ford Falcon, que era el mejor auto de la época.

También ha sido un innovador en contratar a Soledad Vargas como enóloga.

Ay, fue una jugada fuerte. Porque en un momento el enólogo que yo tenía se retiró, y salí a buscar enólogo. Entrevisté a tres o cuatro enólogos jóvenes, y cuando la vi a Soledad dije: “Esta es”. Sin test psicológico, sin nada. Le dije: “Esto es así. ¿Vos querés trabajar conmigo?”. “Sí”. “Bueno, el lunes empezamos”. Y fue una pegada, porque es una enóloga súper consciente, súper aplicada, entendió la filosofía desde el primer momento y la mantuvo a full. No puedo nada más que agradecer lo que ella ha sido conmigo.

¿El hecho de que sea una mujer ha aportado un diferencial o no? ¿Hay una sensibilidad diferente que se aplica al trabajo cotidiano?

No te lo puedo decir. Yo no creo en el sexismo. Yo creo que las mujeres y los hombres compartimos la misma inteligencia, la misma sensibilidad y las mismas actitudes. No premio el hecho de que sea hombre o mujer. Vos sos periodista y no por el hecho de ser mujer vas a ser mejor o peor. Ha habido grandes mujeres periodistas y grandes periodistas hombres. ¿Oriana Fallaci fue mejor porque era mujer? No, fue mejor porque era muy capaz. Punto.

¿Cuál fue la idea de esta asociación con Mendoza Vineyards?

Es una forma de darle a Finca La Anita continuidad y crecimiento. Yo no tengo herederos directos, no tenía a nadie en mi entorno que quisiera tomar la posta, y necesitaba renovar la sangre. Y esta gente de Mendoza Vineyards… A la cabeza de ellos está Richard Bonvin, un enólogo suizo que, imaginate, su nombre en francés quiere decir “buen vino”, todo está dicho. Me ha resultado maravilloso porque le están poniendo mucha garra, están mirando a un futuro largo. Estoy muy contento.

Y ahora cuando va a la finca, ¿qué hace?

¡Me siento feliz! Me siento feliz de sentir que eso lo hice yo y que ahora el día a día no depende de mí. Y que va para adelante. Lo disfruto.

¿Va seguido?

Voy una vez por mes. Tengo una casa, que es mi casa, con empleados que me atienden a mí y a mi mujer, me consultan para hacer pequeños arreglos en la bodega, de los cuales estoy completamente de acuerdo. Me siento muy feliz.