Harold Bloom, uno de los dos mejores críticos literarios de nuestro tiempo, murió ayer en un hospital de New Haven. Tenía 89 años y la salud quebrantada desde hacía un tiempo. Enseñó durante más de medio siglo literatura de la imaginación en Yale (la semana pasada dio su última clase). Se consideraba a sí mismo un gnóstico empedernido y un «formulador crítico de lo sublime». Tenía una fe inquebrantable en el juicio estético y las jerarquías literarias. Predicó la shakespearología como la más benigna de las religiones

Había nacido en Nueva York en 1930, en el seno de una familia piadosa y pobre de judíos ucranianos. Escribió más de cuarenta libros (muchos influyentes), miles de artículos y hasta los 500 prólogos de los tomos de la Biblioteca de Chelsea.

Su obra más conocida -y polémica- fue El canon occidental, toda una referencia para el lector que busca la profundidad y calidad literaria. Publicada en 1994, incluyó una lista de trescientas obras de ficción que el hombre ilustrado «debe asimilar para llenar el vacío de su soledad».

Más que la lista en sí (hay omisiones imperdonables y Bloom terminó renegando de ella), lo importante fueron los conceptos con que la edificó. ¿Cómo saber si una obra famosa es canónica? A menos que exija relectura no podemos calificarla como tal, sentenció. La analogía inevitable es erótica.

Advirtió a sus colegas que siempre deberían preguntarse respetuosamente ante un texto eminente: ¿Contienes originalidad, sabiduría, exhuberancia en la dicción, dominio de la metáfora y profundidad psicológica? Las obras canónicas suelen incluir todas o la mayor parte de las cinco potencias estéticas.

Hay que destacar que en este ensayo imprescindible no solo quiso enseñar a leer. También sugirió abominar de lo que designaba como la escuela del resentimiento, integrada por esos «idealistas resentidos que denuncian la competencia tanto en la vida como en el arte». Sentenció con lucidez que leer al servicio de una ideología es no leer nada. La deconstrucción, el multiculturalismo, la corrección política, el feminismo radical fueron sus enemigos. El mensaje primordial de su vasta creación podría resumirse en una frase: las jerarquías literarias existen y son importantes.