Hace ya casi dos años, allí por mayo de 2017, a partir de una entrevista realizada para la agenciaTelam por el periodista Guillermo Lipis, se conoció la historia de Erika Lederer, la hija del segundo jefe de la maternidad clandestina que funcionaba en Campo de Mayo durante la última dictadura militar.

Partícipe directo de diferentes casos de apropiación de bebés, pero también, de los vuelos de la muerte, y el movimiento carapintada, Ricardo Lederer se suicidó en agosto de 2012, cuando luego de la restitución de identidad del nieto recuperado 106, Pablo Javier Gaona Miranda, se difundió que fue su firma la que había avalado la identidad falsa con la que se lo entregaron a sus apropiadores. 

Diablo hacia afuera y hacia adentro, el relato de Erika daba cuenta en aquella nota de una relación padre e hija signada por la violencia y el abuso de autoridad, que fue constitutiva y marcó muchas de sus relaciones posteriores, pero también de la posibilidad de cambio y resiliencia que tenemos los seres humanos.

Profundizando aquel primer acercamiento, Planeta lanzó esta semana No lo perdono,libro donde Lipis, a partir de una larga entrevista, da cuenta en detalle de la historia de ErikaLederer, y nos permite vislumbrar “un aspecto desconocido de la trágica dictadura argentina 1976-1983”.

¿Cómo fue tu primer acercamiento a Erika y su historia?

Totalmente casual, como relato en el primer capítulo de No lo perdono, cuando hace unos dos años, en medio de un momento de aburrimiento y hastío por el trabajo rutinario de la redacción, hice una recorrida por redes sociales para ver qué cosas aparecían por fuera de la agenda diaria y, de forma absolutamente casual reitero, me encontré con una página de Facebook donde Erika expresaba algunas cosas que llamaron mi atención.

En ese momento ella buscaba reunir a los hijos de los genocidas que no avalaban sus delitos, le escribí y le ofrecí darle una mano con la visibilización de su problemática, y después de algún tiempo me respondió. Nos encontramos y le hablé sobre la posibilidad derealizar una nota para Telam contando su historia y sus problemas.

Aceptó y realizamos la entrevista, que se publicó en la web de la agencia para lectura pública el 24 de mayo de 2017, generando bastante reverberancia en los medios del interior. Luego, el 25 de mayo, tal vez porque era feriado y no había muchas noticias, Página12 también la levantó, y le dio tapa y página 2 y 3, lo que entiendo contribuyó realmente a cambiar un paradigma en su vida, y se transformó en el motor por el cual comenzaron a reunirse alrededor de ella personas que habían transitado por situaciones parecidas.

Allí surge ya la posibilidad de hacer un libro coral con los relatos de los hijos de genocidas que habían comenzado a reunirse, pero el proyecto por diferentes circunstancias no prospera, dando lugar a esta obra de tono biográfico, que implicó un proceso de trabajo intenso, de más de seis meses, con varios encuentros semanales, y muchas horas de diálogo que son la base de este libro.

¿Cómo fue para vos introducirte en ese universo, en las vivencias personales de la vida de la hija de un genocida, instancia que hasta aquí no había sido siquiera problematizada?

Fue raro y difícil, ya que implicó ingresar a un paisaje absolutamente desconocido, aunque desde que empecé a dialogar con Erika, y aún antes de arrancar con las entrevistas para el libro, asocié su historia a las historias de los hijos de los nazis, un tema sobre el que sí hay bastante bibliografía, y al que le dedico un capítulo en el libro.

Obviamente, no son historias lineales, pero hay una repitencia en tanto son seres humanos, que asumiendo que provienen de padres nazis, operadores de la Shoah, o genocidas, como en este caso, los critican y reniegan de esa identidad de alguna manera.

Luego, otra ancla muy interesante para mí en el proceso de trabajo fue un libro escrito hace varios años por el ex juez español Baltazar Garzón, que menciono en No te perdono, donde él plantea que hay un foco que todavía no se ha descubierto en relación a las dictaduras militares latinoamericanas, que es cómo operaban esos militares en sus vidas civiles, hacia adentro de sus viviendas, con sus familias.

Allí él planteaba que cuando algún familiar de los militares genocidas cuente qué pasaba dentro de sus casas íbamos a encontrar otro aspecto, todavía desconocido, de la historia de Argentina, o continental, durante la dictadura. Creo que este libro, que lo que Erika revela, puede permitirnos comenzar a entenderlo.

En principio ya en la entrevista de 2017 claramente queda desarmado el mito en torno a la posibilidad que tenían los genocidas de disociar su “trabajo” de su intimidad

Yo creo que esa imagen de ángeles para adentro y diablos para afuera estaba más asociada a los jerarcas nazis que a los militares argentinos, porque el soldado alemán, responsable de matar en Auschwitz u otros campos, en general, era un militar ilustrado, un tipo culto, con un grado de locura, además, que en muchos casos le permitía diferenciar su vida íntima, de su trabajo como genocida.

Ahora bien, en el caso de los militares argentinos esto no fue igual porque, también en general, no tenían la cultura del ejército alemán. Entonces, si bien uno puede encontrar de todo, en el caso particular del capitán médico Ricardo Lederer, por lo que transmite Erika, no era un tipo culto, ni un tipo que valorara a su familia, algo que queda muy claro por las situaciones de castigo, de presión, etc. a la que la sometía. Así que en el caso de su familia, el relato de Erika deja claro que aquí no había un demonio afuera y un ángel adentro.

Pese a eso, por ejemplo, frente a la opción de cambiarse el apellido como hizo Mariana Dopazo, la hija del comisario Etchecolatz, Erika opta por mantener el suyo, ¿entendés que hay allí una opción por resignificarlo?

Si bien es una lectura posible, también es cierto que, por lo que sé sobre ese tema, Mariana se cambia el apellido porque le era casi imposible mencionarlo sin que la insultaran, por el conocimiento público que tuvo Etchecolatz.

En ese sentido Erika, más allá de que claramente tiene también la necesidad de separase de su padre, y de su accionar, no necesariamente debe renunciar a su apellido: puede asumirlo y cambiar su connotación, su impronta. En esa línea, además, en el libro hay un capítulo dedicado a su posible judaísmo, ya que Lederer, si bien es un apellido alemán, fue adoptado en Alemania por mucha gente judía, con lo cual hay todo un juego en su búsqueda de identidad acerca del judaísmo.

Tampoco pese al “no lo perdono” reniega de que lo quiere

Ella dice claramente: “Lo quiero, pero no lo perdono”, algo que es comprensible ya que lo asume como padre, pero no le disculpa las cosas que hizo, ni la forma en que decidió vivir.

De hecho, yo creo, y lo planteo en el libro, que la de Erika y su padre es una historia de amor. La primera vez que pensé eso tuve temor en decírselo porque sospechaba que se podía enojar, tomando en cuenta que no había casi una buena en esa historia, pero ella lo sabe y lo asume.

No lo perdonoes una parte de todo esto, porque Erika también tiene muy claro que toda su historia, todo lo que vivió, es lo que explica que ella hoy sea quien es y tenga la garra, la fuerza, la tolerancia, y el bancarse lo que venga, que la caracteriza.