El 12 de octubre de 1916, exactamente hace 100 años, Hipólito Yrigoyen asumía como presidente de la República Argentina, después de triunfar en las primeras  elecciones en las que se puso en práctica la ley Sáenz Peña, aquella por la cual se garantizaba el voto universal, secreto y obligatorio.

Dos años antes, la Gran Guerra había comenzado a asolar Europa, una situación que se mantuvo hasta fines de 1918, y que abrió una etapa de difícil caracterización desde el punto de vista de la historia de la política económica nacional, la que se cierra bajo los coletazos de la Gran Depresión.

Para comprender algunos de los factores que condicionaron ese período y profundizar en las peculiares características de Yrigoyen como líder popular, Palabras dialogó con Pablo Gerchunoff, que acaba de publicar su último libro, El eslabón perdido, editado por Edhasa, y en donde aborda este momento histórico.

¿Por qué utilizó el concepto del eslabón perdido para titular su último trabajo y caracterizar el período 1916-1930?

Porque se trata de un libro de historia que trabaja sobre un período histórico, donde se sale del viejo modelo conservador y del patrón económico basado en las exportaciones, pero sin ingresar todavía en la nueva etapa de sustitución de importaciones e industrialización.

Esos períodos, que ex post llamamos de transición, pero que sus contemporáneos no saben que son de transición, son muy difíciles de capturar para el historiador, y muchas veces se pierden. Son un eslabón perdido en medio de la historia.

¿Cuáles fueron los rasgos específicos de la época?  

Yo suelo decir que ese período, y la figura de Yrigoyen en particular, constituyen la frontera entre el siglo IXX y el XX.

Concentrándonos en Yrigoyen, es interesante pensar que era un hombre que nació en 1852, que tenía 64 cuando llegó a la presidencia, era un sexagenario, y que la mayor parte de lo que había visto era el viejo régimen, el siglo XIX argentino. Entonces, lo que hace, sin saberlo creo, es venir a transformar ese mundo. Obviamente, el mundo que estaba cambiando en todos lados, pero Yrigoyen encarna ese cambio en la Argentina: el ingreso a la sociedad de masas a partir de un partido popular relativamente moderno.

¿Y cuáles eran las características de su liderazgo?

Yo creo que su liderazgo es muy asombroso realmente, Gálvez diría “muy misterioso”. Es un líder de masas que no se expresa a través de la palabra, un hombre que nunca habló en público, al que no le conocemos la voz, que no usó la radio, cuando ya era una época en que se podría haber usado; y se comunicaba con la sociedad a través de algo que hoy llamaríamos red social, y que en ese entonces era un partido político, que se llamaba Unión Cívica Radical. Esto ya me parece muy llamativo como característica del liderazgo.

También es interesante que Yrigoyen es el caudillo de un partido, que a diferencia del peronismo, está todo el tiempo en conflicto. Uno no puede imaginar a Perón lidiando todo el tiempo con oposiciones internas, salvo en los primeros meses. En cambio Yrigoyen no podía sino tolerar las diferencias internas.

Finalmente, poco a poco, una vez que llega al gobierno, Yrigoyen se da cuenta que necesita políticamente abandonar el siglo XIX y hacer un partido que amplíe su base territorialmente y socialmente. El radicalismo cuando llega al gobierno es un partido del litoral-centro en términos geográficos y más bien de clases medias en términos sociales; y cuando llega la elección del 28, generalmente denominada como “el plebiscito” en la bibliografía, el radicalismo es un partido de toda la nación geográficamente, y de una amplitud social que evoca a lo que vendrá: al peronismo.

Entiendo que uno de los dilemas centrales que atraviesa el período es “la trampa de los ingresos medios”, ¿a qué alude ese concepto? 

La trampa de los ingresos medios es uno de los desafíos que el radicalismo tuvo que enfrentar, aunque sin percibirlo como tal, de hecho es un concepto posterior, y creo que sigue pendiente aún hoy de resolución.

Específicamente la trampa de ingresos medios da cuenta de la dinámica que se instaura en una sociedad que se moderniza antes de que se modernice su estructura productiva. Cuando esto sucede la sociedad tiene reclamos de ampliación de derechos, incluidos los consumos modernos, pero la estructura productiva no tiene el nivel de competitividad y productividad para satisfacer esas demandas, y lo que se plantea, en el fondo, es un conflicto distributivo.

¿Y por qué ancla esta trampa solo en las clases medias?

Yo hablo de clases medias y no de toda la sociedad porque no podría decir que la trampa de ingresos medios se soluciona pidiéndole paciencia al pueblo hasta que tengamos la productividad suficiente, porque además de ser una ingenuidad, las experiencias desarrollistas modernizantes, sobre todo en sus versiones dictatoriales demostraron que eso no funciona, más allá de mi crítica moral, no funciona.

Pero además de que no funciona, no se le puede pedir a los sectores más pobres de la sociedad que tengan paciencia. Entonces la incógnita sobre el futuro de ese concepto es si uno puede generar entre el estado y las clases medias una situación de intercambio, donde yo les ofrezco modernidad a futuro y ustedes me dan paciencia. Claro que como ustedes no me creen mucho, mientras tanto, yo les doy cosas marginales, que cimienten la confianza entre estado y sociedad. Una cosa minimalista, pero que permite ir cerrando la brecha, donde la paciencia se cultiva, como confianza, como intercambio y no como imposición.

¿Y cómo funcionó concretamente este dilema en el período de los tres primeros gobierno radicales?

Justamente, ese período fue la época en que a la Argentina entró el automóvil, el cine, la aspiradora, los productos eléctricos en general; algo que provoca la ansiedad de las clases medias que quieren acceder a ellos. Cuando en los años 20, la situación se normaliza después de la primera posguerra, el propio Alvear se siente tentado en satisfacer esos deseos y esas demandas, pero no se da cuenta, (y aquí está el cruce con la economía) que la economía agropecuaria estaba tan herida después de la guerra, que para dar cuenta de esas demandas se necesitaba un incremento de la productividad extraordinario, imposible de lograr.

Sin embargo, como la crisis del 30 le puso un tinte extra argentino al problema, la crisis aquí no se desata por acción de la trampa de ingresos medios, sino que esa trampa se interrumpe por la gran depresión.

¿Más allá de esta suspensión, tratándose de un dilema de plena actualidad, cómo  se configura la relación entre estado y sociedad a partir de la existencia de esa trampa?  

Si las clases medias son las que pueden esperar, entonces hay dos configuraciones políticas de la relación del estado y los gobiernos con ella: una donde la cooperación y la confianza generan una situación en que yo estoy dispuesto a esperar, a ahorrar, a no irme de vacaciones a Miami, por ejemplo. Pero para que esto ocurra es necesario que haya confianza en las promesas del estado, porque si la confianza no existe esos sectores van a tener un comportamiento inherentemente cortoplacista, que es la otra configuración.

En ese sentido lo que nosotros vemos desde hace mucho en la Argentina, y lo que le da inestabilidad, es el comportamiento cortoplacista de las clases medias, aclarando desde ya que cuando hablo de clases medias lo hago en un sentido germaniano, incluyendo a los empresarios, obviamente.

¿Finalmente, a 100 años de aquel primer gobierno que pervive en el radicalismo actual de aquel partido fundacional?

Yo creo que del radicalismo, de aquel radicalismo no queda nada. Lo que no quiere decir que no exista el partido, sino que el radicalismo hoy es un partido influyente con base territorial e influencia política, pero no un partido de masas, ni un partido mayoritario.

Lo que queda, para encarnarlo en figuras, es una combinación de Yrigoyen con Alvear,  donde pervive ese componente nacional y popular, que no se quiere abandonar, pero en un partido demócrata liberal, donde el talante de Alvear se nota bastante. Algo que, entre otras razones, se explica porque desde el 45 el lugar del movimiento popular de masas lo ocupó el peronismo, usurpándole al radicalismo el espacio que seguramente hubiera deseado seguir teniendo.