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“3 de marzo de 1957 (Nos vamos pasado mañana.) Decidí no despedirme de nadie. Despedirse de la gente me parece ridículo. Se saluda al que llega, al que uno encuentra, no al que se deja de ver”.

A los 16 años, con ese párrafo inicial, Ricardo Piglia se encontraba con la escritura, plasmando en un cuaderno su descontento frente al éxodo familiar que lo llevaba desde el Adrogué natal hasta Mar del Plata.

El descontento, la negación de esa realidad, que vivía como un exilio, fue la piedra basal de su diario, que continuó escribiendo durante 50 años, en 327 cuadernos, todos iguales, de tapa negra, con los que culminaría su trayectoria literaria.

Por estos días, sin embargo, lectores, amigos, escritores, todos conocedores de su aversión a las despedidas, no dejan de multiplicarlas, tal vez porque habita en ellos la certeza que seguiremos viendo a Piglia a través de su obra, donde siempre uno puede encontrarlo.

Reflexivo, crítico, creador de mundos inmensos, hace algunos años en una conferencia en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, Piglia explicó tajante: “La ausencia total de literatura en mi infancia fue lo que hizo de mí el escritor que soy. Sin embargo, una biblioteca, y el acto de leer es el primer recuerdo de mi vida”.

“Mi primer recuerdo es la imagen de mi abuelo Emilio sentado en un sillón de cuero, aislado, ausente, con un libro en la mano; parecía dormido con los ojos abiertos. Yo estoy parado ahí, en la zona más secreta de la casa, sin saber qué hacer. Tengo tres años.

Esa tarde, sin que nadie me vea, me trepo a una silla, y bajo de una de las estanterías de la biblioteca un libro azul, después salgo a la calle, y me siento en el umbral con el libro abierto sobre las rodillas.

Yo estaba ahí, como si leyera, cuando de pronto una larga sombra se inclinó sobre mí y me susurró que tenía el libro al revés. Pienso que debe haber sido Borges, que solía pasar los veranos en el hotel las delicias de Adrogué, porque a quién, sino a él, se le puede ocurrir hacerle esa maliciosa advertencia a un chico de 4 años, que no sabe leer”.

A partir de ese día, como Piglia relató en la charla- que justamente se llamaba los libros de mi vida- la literatura fue apareciendo esporádicamente, y lejos del Dante, que “es lo que todos los escritores están leyendo cuando les preguntan”, sus recuerdos de aquellos años iniciáticos hablan del libro azul del peronismo, de Corazón, de Edmundo de Amicis, o de Los hijos del Capitán Grant, de Julio Verne.

Aunque, fue con La Peste, y su encuentro forzado con Camus para impresionar a una compañera de colegio “a la que cortejaba”, que el escritor planteó: “Desde entonces, y no me engaño, no he hecho otra cosa más que leer literatura”.

“La noción de primera lectura es inolvidable, porque es irrepetible y es única, la vez primera que leemos a Roberto Arlt, la primera vez que leemos Absalom de Faulkner, la emoción persiste con el aura del descubrimiento”, explicaba, invitándonos, tal vez, también a leerlo, y desde esa inmanencia de la presencia literaria, volver a saludar, no al que se fue, sino al Piglia que siempre está llegando.

« ¿Cómo se convierte alguien en escritor –o es convertido en escritor–? No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro).»