“Los doblados. Las infiltraciones del Batallón 601 en la guerrilla argentina”, recientemente lanzado por Editorial Sudamericana, es el último libro de Ricardo Ragendorfer, una obra imprescindible para entender la figura del traidor en los prolegómenos del golpe de estado del 24 de marzo de 1976.

Con el inconfundible estilo del “Patán” Ragendorfer, Los doblados da cuenta de una investigación sobre accionar de los “filtros” del Ejército dentro de las organizaciones guerrilleras,  desplegando a través de sus casi 300 páginas un inconmensurable caudal de información con un ritmo narrativo característico de los mejores thrillers.

Como origen de la obra, el autor destaca una serie de entrevistas que hace más de una década le realizó a Carlos Españadero, jefe de Situación General del Batallón 601 durante la última dictadura, “un burócrata del exterminio”, que desde mediados de 1974 estaba al frente de una red de agentes, elegidos y entrenados por el mismo, para infiltrar a las organizaciones revolucionarias; mentor, entre otros, de Rafael de Jesús Ranier, alias “El Oso”, figura clave en varios de los acontecimientos detallados en la obra.

“El Oso fue un verdadero héroe de guerra”, cuenta Ragendorfer que le expresó Españadero sobre el célebre entregador del ataque a Monte Chingolo por parte del ERP, durante una entrevista cuya crónica publicó la revista Caras y Caretas en diciembre de 2005, respuesta que como chispa investigativa el periodista sintetiza con la frase de Rodolfo Walsh al revés: ‘Hay un fusilador que vive”.

Para conocer otros detalles de la obra Palabras dialogó con Ragendorfer en una charla donde este maestro de periodistas despliega interesantes claves que profundizan la comprensión sobre nuestro pasado reciente.

¿Cuáles son las líneas temáticas que abordas en el libro?

Los doblados es una investigación sobre las infiltraciones efectuadas por la inteligencia del Ejército, específicamente por el Batallón 601, en las organizaciones revolucionarias de los años 70. En ese sentido, temáticamente el libro explora la figura de la traición, que es uno de los aspectos menos tocados por la profusa bibliografía que existe sobre la última dictadura.

Además, dado el protagonismo del Batallón 601 en esta historia, de alguna manera me obsesioné por reconstruir la estructura, el organigrama, los hábitos represivos y los personajes que anidaron en ese organismo.

Finalmente, y dado que el libro se ubica temporalmente entre la primavera de 1975 y el otoño de 1976 Los doblados es también una investigación, una reconstrucción, y una interpretación sobre el desfile de los militares hacia el 24 de marzo de 1976.

¿Tu planteo desarma ciertas hipótesis sobre la gravitación central de la “Operación Primicia”, el ataque de los Montoneros al Regimiento de Infantería de Monte 29 de Formosa en la aceleración del golpe de estado?

El libro, justamente, analiza ese ataque, que fue el 5 de octubre de 1975, como un suceso a partir del cual el Ejército presiona al gobierno constitucional de entonces, presidido por Ítalo Luder a firmar los decretos de aniquilamiento, pero corriéndose de la interpretación de aquellos que señalan que la operación guerrillera motivó a los militares a dar el golpe de estado.

Yo pienso que esa es una interpretación antojadiza, digna de Billiken, dado que el golpe estaba preparado desde mucho antes, y también los decretos de aniquilamiento, al menos sus borradores, y se esperaba la realización de un acto guerrillero de envergadura para poder aplicarlos. Ese acto fue Formosa, como pudo ser cualquier otro.

Los decretos extienden a todo el territorio nacional las atribuciones represivas que los militares ya detentaban en Tucumán, que fue un laboratorio del terrorismo de Estado, en ese sentido desde esos decretos, a partir del 6 de octubre de 1975, los militares toman el control operacional del país, con lo cual el poder pasa de la Casa Rosada al Edificio Libertador. Por esto yo sostengo que en el plano real la dictadura comenzó en ese momento, y que lo del 24 de marzo fue apenas una mudanza.

¿Y cuál fue el peso de las infiltraciones en el destino de esas operaciones?

En cierto sentido la incidencia de las infiltraciones fue muy puntual, por supuesto que ocasionaron grandes golpes a las organizaciones, y tal vez el acto más emblemático de esa operatoria fue el fracaso de la operación militar del ERP en Monte Chingolo, pero la debacle de las organizaciones guerrilleras tuvo causas mucho más profundas y complejas, donde su excesiva militarización fue un factor insoslayable.

La infiltración de las organizaciones fue una operatoria que se dio fundamentalmente en la epata previa a la desaparición masiva de personas, cuando los militares empezaron a obtener las informaciones que necesitaban en la mesa de torturas, sin necesidad de acciones de inteligencia como la infiltración.

¿Por esto diferencias taxativamente la figura del quebrado y del doblado? 

Obviamente, y no califico como traidor a una persona que en cautiverio o bajo tortura aportó información; sino que trabajo en torno a aquellas personas que tomaron el camino de la traición sin haber perdido su condición de sujetos responsables de sus actos, personas que tenían bajo su control su capacidad de decisión.

¿Y dentro de ese último universo quién era el “Oso” Ranier?

El Oso es un caso emblemático, porque no era estrictamente un agente de inteligencia, tampoco era un cuadro militar ni político, era simplemente un lumpen, un tipo bastante limitado, y con un intelecto bastante precario, pero que reunía una interesante condición: sabía ver y oír, aun cuando no pudiese interpretar los datos que percibía.

Por otra parte, también es significativo, que el Oso no fuera una figura relevante en el ERP, no tenía jerarquía, no pertenecía al Partido Revolucionario de los Trabajadores, brazo político de la organización al cual accedían los militantes más calificados; pero era chofer de logística: llevaba personas, cosas, armas, conocía domicilios. Por todo eso era un tipo muy útil para realizar tareas de delación, tal vez mucho más que alguien que hubiese pertenecido al buró político del ERP.

¿El Oso es también una figura que condensa como “filtro” la vulnerabilidad que tenían las organizaciones, un aspecto que muchas veces se tiende a relativizar en función de sostener cierta imagen mítica? 

El ERP tenía alguna información sobre un infiltrado apodado el Oso que actuaba en Capital, lo rastrean, no lo encuentran -porque el Oso actuaba en la provincia – y se olvidan del tema. Pero más allá de eso la organización tenía una posición un tanto ingenua en torno a la posibilidad de infiltración. Santucho sostenía que aun cuando un espía podía ingresar al ERP, sus actitudes, no moldeadas por una moral revolucionaria lo pondrían al descubierto; algo que como enunciación es bastante endeble, y en la práctica fue un error de apreciación garrafal.

Por otra parte, aun cuando Montoneros y ERP tenían sus sistemas de inteligencia, bastante artesanales e ingeniosos en ciertos aspectos, no tenían un aparato de contrainteligencia desarrollado, porque entre las prioridades de la guerrilla no estaba la inteligencia, mientras que para el Ejército esta era una guerra de inteligencia.

El Ejército hacía una guerra de inteligencia mientras que las organizaciones guerrilleras cifraban su crecimiento geométrico en modelo tales como el foquismo o la guerra popular y prolongada, como llamaba Montoneros a su estrategia.

¿Retomando aquello que planteabas al inicio, por qué crees que la traición es un área tan poco abordada?

Más allá de que no existe una explicación precisa, creo que la traición constituye un tema maldito dentro de un contexto que de por sí ya es terrible. Es algo raro porque la traición es una figura universal, que recorre la historia de la humanidad como un fantasma apenas disimulado.

A mí me resultó muy interesante explorarla en el contexto preciso de la dictadura argentina, pero debo reconocer que también es un tema poco explorado, por ejemplo, en la bibliografía sobre la resistencia francesa, donde si bien existen algunos libros como El ejército de las sombras, de Joseph Kessel, en general es una figura eludida en muchos contextos históricos.

¿Más allá del interés específico que reviste la temática creés que la relevancia que tomaron en el debate público determinadas cuestiones en torno a  figuras como Jaime Stiusso incide en el éxito que está teniendo tu obra?  

Posiblemente. En paralelo a la salida de mi libro, salió uno de Miriam Lewin y Horacio Lutzky sobre Iosi, un hombre de la Policía Federal infiltrado en las organizaciones de la comunidad judía. Por otra parte, Stiusso específicamente es un tipo que aun cuando recién ahora salta a la luz atravesó desde 1970 a la fecha todos los gobiernos, y es un lazo que une el pasado con el presente en relación a los organismos de inteligencia en el país.

Finalmente, ya en términos generales, yo creo que es importante que la ciudadanía comience a calibrar lo qué son los organismos de inteligencia de los países en que vive, porque en todos los lugares del mundo desde fines del siglo IXX a la fecha los organismos de inteligencia fueron, son y serán la cloaca del Estado.