Después de cinco funciones, en las que más de 15 mil espectadores pudieron disfrutarla en vivo, y otras decenas de miles vía streaming, la opera Die Soldaten -Los Soldados-, de Bernd Alois Zimmermann, concluyó sus representaciones en el Teatro Colón.

Estrenar esta obra, considerada una de las más grandes partituras operísticas de la segunda mitad del siglo XX, constituyó sin duda una de las mayores hazañas que se propuso el Teatro Colón desde su reapertura.

Haberla concretado, bajo la dirección musical de Baldur Brönnimann y la dirección de escena de Pablo Maritano, ratifica que el mayor coliseo del país está a la altura de las más importantes salas líricas del mundo.

Escrita en cuatro actos, con música y libreto en alemán de Bernd Alois Zimmermann, la opera, que está basada en la pieza homónima de Jakob Michael Lenz, de 1776,  constituye, según Brönnimann, “al mismo tiempo la utopía de un nuevo teatro musical y también la expresión artística de Zimmermann sobre el abuso de poder y la violencia, tal y como él las experimentó durante la guerra”.

Dieciséis papeles cantados, diez hablados, una orquesta de cien elementos, entre ellos muchos instrumentos inusuales y piezas de percusión -ante las que la Orquesta Estable del Teatro amplió su elenco integrando a 13 percusionistas, para cuya disposición  necesitó tomar los palcos más cercanos al escenario- , son solo algunos de los datos en que se materializa el primer rasgo señalado por  Brönnimann, reconocido, justamente, por su particular afinidad por las más complejas partituras contemporáneas.

Zimmermann había imaginado como escenario para esta ópera, lo que  Brönnimann caracteriza como “teatro del futuro”, “un espacio arquitectónico omni-móvil, absolutamente disponible”, como lo describía el compositor alemán.

Además, tal como señala Maritano, la complejidad en Die Soldaten viene dada por la simultaneidad y superposición constante de hechos en la escena y en la música,  aspecto estrechamente vinculado a  la particular concepción del tiempo de Zimmerman.

“Zimmerman, explica el director de escena, adscribía al concepto de “tiempo esférico”, según el modelo de Henri Bergson: presente, pasado y futuro son uno solo y es sólo nuestra percepción limitada la que nos mantiene en la ilusión de transcurso e irreversibilidad del pasado, o de que pasado y futuro no existen en el presente”.

Y es sobre esa base, justamente, que la estructura musical de Die Soldaten- enteramente construida a partir de una única serie de doce notas y a través de diferentes motivos, como los quintillos de la introducción del primer acto, que liga y unifica toda la ópera hasta la última escena- conjuga diferentes lenguajes y estilos, para acompañar la negación de la línea temporal tradicional de la acción dramática del relato que reside en la base del texto de Lenz.

Igualmente destacable, es entonces, que tamaña complejidad haya sido resuelta de modo tal que la hazaña técnico artística no opaque la potencia del grito de denuncia de Zimmerman, “un hombre que ha perdido la posibilidad de dialogar con el mundo, y sólo puede gritarle, como en un descargo visceral, sin esperar ningún tipo de respuesta”, como lo describe Maritano.

“La obra representa el ciclo infinito de vejaciones que se repiten y superponen eternamente. Los vínculos familiares son tanto o más abusivos que los castrenses; la obra tiene un signo hegeliano, como si dijera: “donde hay dos, habrá un sometido”, señala el director.

Pero también, y en palabras de Brönnimann, Die Soldaten  “es el boceto de un futuro más libre y pacífico. Y también un compromiso con el poder transformador de la forma musical “ópera”, que con diversos medios artísticos, nos permite echar una mirada a la realidad y experimentar una nueva libertad”.

Aspecto finalmente, que mirando hacia el futuro, indica porqué Die Soldaten, en tanto objetivo superado se transmuta en un hito, un parteaguas, a partir del que la renovada identidad que asume en esta etapa la temporada lírica del teatro surge ya plenamente consolidada.