La serie de HBO que nos habla sobre el mundo de las personas ricas a través de sus miserias, logra convertirse en un drama satírico sobre el deseo sustancial de toda persona: el querer ser amado.

Algo que caracteriza a las producciones de HBO es recostarse en subgéneros algo más triviales y convertirlos en productos verdaderamente dignos, de aquellos que abren nuevas discusiones. Así sucedió en el pasado con Los Soprano en las temáticas de mafias, Game of Thrones dentro de la fantasía y más recientemente con Mare of Eastown o Big Little Lies. Estas y otras series dan lugar para hablar de política, de poder, de sociedades y abusos, desde la ficción.

Hace pocos días HBO estrenó la tercera temporada de Succession, justa ganadora de varios Globos de Oro entre otros tantos premios, y entonces tenemos la excusa perfecta para hablar, reflexionar y recomendar enormemente esta serie.

Aunque desde el comienzo la han etiquetado como serie dramática, lo cierto es que se trata de una oscura sátira. Su trama gira en torno a las grandes empresas, la controvertida vida de sus ricas familias propietarias y el tan anhelado sueño americano. Los miembros de la familia Roy compiten entre sí para hacerse cargo del imperio comercial que, su patriarca, Logan Roy ha construido.

Cada capítulo está repleto de ingeniosos y ásperos diálogos en torno a esta rica familia norteamericana donde la lucha por el poder es igual o más cruenta que en Games of Thrones. Si bien nadie asesina a nadie para llegar a la cima, siempre parece estar este deseo subyacente en la mente de los personajes.

Sin ánimos de spoilear, la serie comienza con un fuerte problema de salud del padre que deja vacilante a toda la familia. En el mismo hospital sus hijos comienzas a luchar para llenar el vacío de poder que se avizoran para un futuro más o menos cercano. Desde el principio te seduce y te envuelve en la, aparente, divertida historia de gente rica que se pelea por tener siempre más.

Vamos a darte algunas razones del porqué creemos que no deberías dejar de ver Succession, y en este camino prometemos anticipar lo menos posible de la historia.

La aspereza que incomoda y atrapa

Lo que hace que Succession sea tan difícil de digerir es que da la idea de tratarse de la «riqueza» de una familia cuando en realidad se trata de sus «traumas». Y aunque ambos temas están profundamente vinculados en la historia, la serie pone el foco en cómo ese deseo desenfrenado de poder es con frecuencia una causa de profundos dolores que se repiten y arrastran de generación en generación.

Los seres humanos muchas veces pretenden llenar algunos vacíos internos utilizando el dinero, y es cuando surge la cuestión acerca de ¿qué pasa cuando ese vacío no es posible llenarse? Esa es la pregunta que Succession pone en el centro de discusión.

La primera temporada se tomó su tiempo para configurar los personajes, particularmente el cuarteto central que conforman Roy de Logan ( Brian Cox) y sus tres hijos menores: Kendall ( Jeremy Strong), Roman ( Kieran Culkin) y Shiv ( Sarah Snook). El hijo mayor de Logan, Connor, que tiene una madre diferente al resto de los hermanos, también ocupa un lugar destacado en la serie. Se suman al grupo estelar el dúo Tom, prometido de Shiv (interpretado por Matthew Macfadyen) y Greg, el primo pobre de la familia (interpretado por Nicholas Braun), quienes hacen sus grandes aportes para que todo funcione a la perfección.

Los personajes de la familia Roy tienen una comunicación «fluida» entre sí, y cada uno juega su rol como si estuvieran en el escenario de una comedia. Los diálogos cargados de golpes bajos, sarcasmo y verdaderamente creativos son realmente geniales, y  se superponen en capas y complejidades dignas de grandes villanos. Nadie escatima en juramentos en vano o en poner en palabras los más ácidos pensamientos, así se trate de un recuerdo de la niñez o de un problema de adicciones. Todos los protagonistas lanzan sus tarascones en direcciones cruzadas, desde los más astutos a los más incompetentes. Esto genera una cautivadora dinámica de personajes y giros en una trama de alta tensión que se supera capítulo a capítulo.

La complejidad de los caracteres se perfecciona como el buen vino

A lo largo de la historia las motivaciones de cada personaje van cambiando y reescribiéndose. Las acciones y pensamientos son bastante difíciles de predecir, dándole un ritmo y una dinámica que los perfecciona y moldea.

Se hace bastante evidente en Logan, por ejemplo, quien por momentos parece tener un plan de sucesión claro: dejar su imperio a los más fuertes; y en otros podés llegar a creer que queda algo en su corazón y se preocupa por sus hijos.

No creo equivocarme si digo que todos experimentarán, tarde o temprano, un alto grado de rechazo hacia estas personas, pero también el mismo nivel de atracción. Hay un costado perverso que nos acerca de algún modo a ellos. Roman Roy, por ejemplo, interpretado a la perfección por Kieran Culkin, tal vez es el que peores sentimientos despierta. No es realmente un villano, si engreído hasta el punto de la ridiculez y alguien que no ha hecho nada de su vida.

Si embargo, si de odio se trata, el jefe de familia interpretado magistralmente por Brian Cox, muestra un carácter y temperamento que difícilmente se pueda igualar. Cuando habla o cuando calla, su presencia se impone. Miedo o respeto, o un mix de ambos. Líder absoluto por presencia o ausencia, incluso cuando sus pensamientos empiezan a decaer por el paso del tiempo y la edad. «Es tanto humano como inhumano; defectuoso e infalible; un padre y un monstruo» como lo caracterizan los propios escritores de la serie.

Por su parte Kendall Roy (Jeremy Strong), el hijo mayor de la familia, es el típico CEO en lista de espera que cree tener las mejores ideas innovadoras. El problema aquí es saber si está o no a la altura de su padre, quien se encarga de dejarle en claro su postura al respecto. A pesar de ello nunca claudica, y en su lucha nos muestra su faceta más insegura, que por momentos nos hace sentir un poco de vergüenza ajena. Kendall es quien más se pierde en la búsqueda de querer agradar a su padre sin lograrlo,  y eso lo impulsa a tomar cada vez medidas más desesperadas.

Todo nos lleva a preguntamos cuál de los hermanos es el más calculador, pero difícilmente sea el mismo en todo momento de la historia. Shiv, la hermana mujer, se enriquece en personaje cuando está en pareja con su prometido Tom, quien tiene la costumbre por optar por lo peor, en el momento exacto.

Entre tantas mentiras, puñaladas por la espalda y desprecio cruzado, hay un fuerte sentido de la camaradería y amor entre ellos, muy a su manera. A pesar de su diferencias todos crecieron bajo el mismo techo, conducidos por las manos del mismo padre, capaz de unir o separar a todo el nido.

Hay personajes que relajan la tensión, que además de entretenernos, aportan humor y ocultan más de lo que insinúan. Como en toda familia también hay un torpe o tonto que en este caso es el primo Greg. Mientras que los demás están en pleno campo de batalla él simplemente pretende salvar algo para sí mismo con cero en su punto de partida. En ese camino aceptará ayudar a cualquiera, en cualquier situación, sin medir consecuencias. Pero quizás dejarse manipularse y mostrarse ingenuo es parte de su juego.

El hermano mayor, Connor, es quizás el más delirante del grupo. Ha decidido mantenerse al margen del negocio familiar y si bien parece el más simpático, rápidamente resulta no ser tan agradable. Pero no adelantaremos más al respecto.

Espiando un mundo construido sobre ciclos de abuso

Una de las escenas más crueles de Succession nos muestra a Roman, el hijo menor, ofreciendo a un chico de clase trabajadora un millón de dólares si es capaz de hacer un jonrón. Esta situación transcurre  durante una tarde distendida en día del cumpleaños de su padre. Todos están expectantes, y como se sabe obvio, el niño no lo acierta. Sin adelantar nada más, este hecho refleja algo esencial en la serie: el alarde de un estatus privilegiado con arrogancia, en el estado más puro de demostración infantil del poder.

Con el correr de los capítulos, Succession despliega una narrativa que retrata a la perfección a una familia sumida en un ciclo de toxicidad y abuso. En parte porque Logan Roy siempre ha sabido salir victorioso. Construyendo su vida sintiéndose poseedor de la verdad, diciendole a la gente lo que quiere escuchar, y no necesariamente lo que piensa o lo que realmente necesitan saber. Cuando las cosas no han salido como él ha querido entonces los más cercanos, sus hijos, han sentido los efectos colaterales de esa frustración.

La trama sabe adentrarse, muy de a poco, en la profunda tristeza de los hijos, que se hace más o menos obvia en todos los diálogos. Desde Kendall hasta Shiv, todos desean desesperadamente ser amados por un hombre que solo es y fue capaz de maltratarlos.

De esta manera se revela, lenta y sutilmente, el concepto sobre las crianzas abusivas en una serie de tv que aun así se presenta como una sátira de los medios de comunicación, de gente rica divirtiéndose de manera ostentosa y a la vez asfixiante.

Una perspectiva diferente sobre la vida de la gente rica

A diferencia de otras series basadas en ricos y poderosos, más allá de la calidad de cada propuesta (Billions, Dinastía o Trust por ejemplo), Succession hace lucir muy poco atractiva la riqueza a ese nivel. A pesar que los Roy habitan departamentos u oficinas imponentes, rara vez te hace sentir envidia de pasar un día en sus zapatos. Nada tiene un brillo especial, nada te seduce.

No existen ambientes idealizados, ni grandes terrazas con vista a lo mejor de la ciudad, o grandes fiestas repletas de glamour. Todo se presenta de manera uniforme, monótona, reforzado en el tono desaturado de la fotografía.

También a diferencia de esos programas glamorosos, los giros de la historia de no suelen enfocarse en los romances o seducciones entre los personajes. Ni siquiera cuando podemos notar grandes similitudes en los aspectos públicos de algunas familias ricas y famosas de la realidad. Succession sabe cómo ubicarse y trabajar con delicadeza las interminables maquinaciones comerciales, en la «forma» en la que los protagonistas compiten entre sí por el dominio y el poder;  y en cómo esta competencia los ha marcado a través de sus vidas.

Estos hijos, con todos sus defectos llevados al límite, anhelan sobre todo y desesperadamente ser amados. A cambio, solo tienen algo claro, la sensación de que no tienen control sobre nada en sus vidas. Irradian lo peor de sí mismos hacia todo lo que los rodea, en un mundo que le es familiar, donde lo único que han conocido es el daño.