La obra Yiya, el musical, se estrenó en mayo de este año y presentó de una forma original el famoso caso policial porteño en el que Yiya Murano, entre infusiones y masas con cianuro, llevó a cabo el asesinato de sus tres amigas para librarse de la deuda financiera que tenía con ellas. Este musical, con guión de Osvaldo Bazán, reflexiona a través del humor y de personajes hilarantes, sobre la codicia y los límites morales de la sociedad, sin olvidarse del contexto histórico.

Tras unos grandes anteojos, Karina K interpreta un personaje complejo como el de Yiya, una mujer proveniente de una familia venida a menos, sin ninguna sensibilidad ante el dolor del otro y que hasta último momento se declaró inocente. Desde su lugar como capocómica, la actriz logra apropiarse de las formas dominantes de esta mujer y su voz característica.

En cuanto al resto del elenco, Patricio Contreras tiene el rol del marido, un abogado negador pero ante todo un enamorado. El hijo, el único personaje con los pies en la tierra, es interpretado por Tomás Fonzi. Todos los amantes de Yiya quedan encarnados en el papel de Fabián Gianola. Y las amigas estafadas, son llevadas adelante por las actrices Virginia Kaufmann, Iride Mockert y Tiki Lovera.

El encargado de la música fue Ale Sergi, quien se basó principalmente en temas de la época y en películas como las de Olmedo y Porcel. Sus canciones hacen un recorrido por temas como la manipulación y los vínculos familiares, siempre basándose en el humor negro.

El destacado coreógrafo y director de teatro, Ricky Pashkus, tiene a cargo la dirección de la obra. Su amplia trayectoria queda impresa en cada minuto de la pieza teatral, que se suma a la lista de sus exitosos trabajos entre los que se encuentran Los productores, La jaula de las locas, Hairspray y El joven frankenstein.

La historia de la envenenadora de Monserrat es un clásico que está presente en la memoria colectiva argentina. Puede verse de jueves a domingo en el teatro El Nacional (Corrientes 960). Allí estará caracterizada María de las Mercedes Bernardina Bolla Aponte de Murano, o más conocida Yiya.

Palabras dialogó con Pashkus para conocer más sobre este musical y profundizar sobre las temáticas que desarrolla.

Hace tiempo que dirigís teatro musical en la Argentina ¿Cómo es tu experiencia con Yiya en particular?

La experiencia con Yiya está vinculada con un proceso que empezó con la obra Y un día Nico se fue, que hicimos con Osvaldo Bazán y con Alejandro Sergi. Hubo un pívot que me resultó muy importante en ese momento, que fue el hecho de encarar un proyecto de manera tal que pudiera participar gente desde el principio. Cuando digo desde el principio me refiero a la gestación del material en sí mismo y, sobre todo, material de dramaturgia argentina. Hace tiempo que vengo sintiendo que el trabajo tiene que estar vinculado con material nuestro.

Yiya se da en las mismas condiciones. Hicimos un primer encuentro. Osvaldo planteó el tema. Luego hicimos un taller workshop para conseguir los productores. Se repitió parte del elenco anterior como Tomás (Fonzi). Participó Karina K, que es para mí una actriz fetiche en relación a los proyectos que yo hago. Y tuvimos un éxito importante, no solo comercial, sino en relación a la trascendencia, no pasó inadvertido el material.

Un equipo de trabajo y una forma de autogestión, terminaron consiguiendo muy buenos productores como Gabriel García y Juan Pelosi.

Pero, como decimos acá, a pulmón.

Me interesa cada vez más la dramaturgia argentina porque me permite hacer cosas que a veces con otros materiales extranjeros no se puede, que es  trabajar sobre el libro, lo que yo llamo una dramaturgia de dirección. Es decir, hacer una puesta en escena que no tiene que ser fiel, literal e idéntica a lo que está planteando.

Y me permite de alguna manera ser productor. Porque si bien no pongo el dinero, lo pone gente maravillosa que apuesta a esto, me permite siguiendo la herencia de Hugo Midón o Pepe Cibrián, entender que los proyectos tienen que ser posibles para la recuperación argentina, para la inversión argentina y para la realidad argentina, que en este momento, en ese sentido, es grave. En términos económicos estamos en una situación espantosa en términos teatrales. Entonces hay que pensar creativamente, amorosamente. Como lo hizo Midón cuando en una obra agarraba un balde y trabajaba sobre el señor Bald, porque hablaba sobre un balde, que era lo que tenía en la mano.

¿El proceso previo en el que trabajaron en talleres de experimentación, se puede aplicar a otras obras?

Esto se puede aplicar únicamente si hay fe y eso es algo difícil. Yo por mi edad, mi experiencia y por haber hecho tantas cosas antes puedo convocar la fe que implica que una cantidad de actores profesionales digan ‘ok, vamos a ensayar gratis, vamos a hacer un workshop’, y no tengan dudas.  Pero si alguien joven me pregunta cómo se puede hacer, yo le diría que con mucha dificultad, porque acá se trata de fe. Si uno está dispuesto a hacerlo sea como sea, con dinero propio, con dinero ajeno o sin dinero, de todas las maneras posibles, se puede aplicar.

¿Puede decirse que Yiya, el musical, es un espejo de la época de fines de los 70?

Sí y no. Sí en el sentido en que la obra habla de una bicicleta financiera, de una ambición económica, de lo desmedido. Pero también habla de temas actuales. Habla de una mujer que se sentó en lo de Mirtha Legrand, que llevó masitas después de haber sido juzgada por asesinato, y Mirtha le pregunte a la producción: “¿las masitas están probadas antes?” Sumado a que la presentaron como “la envenenadora de Monserrat” y aplauden y sonrien. Ese fue el inicio de una época que estamos aún viviendo. Hoy se la llama mediática, antes no existía esa palabra.

¿Puede hacerse un paralelismo entre Yiya y el personaje de Roxie Hart de la obra Chicago?

Sí, pero Roxy Hart es un personaje que mata hombres, que no es poca cosa. Yiya mata mujeres. Eso no es pequeña diferencia, ni en una primera lectura, ni en una aproximación del material.

Roxie es una mujer glamorosa, llena de sagacidad, de una clase social que no es como la de Yiya, que tenía una buena posición. No roban para comer, Roxie Hart quiere fama. En cambio, Yiya quiere dinero. Teatralmente hablando, hay algo de la metáfora y de la mística que no iguala a un rol que mata hombres a una mujer que mata mujeres. En ese sentido, creo que se torna más diabólico el caso de Yiya.

¿Qué es lo que el público más disfruta de este espectáculo?

Se mueren de risa con la magistral tarea de Karina K y de los actores. Comprenden la metáfora del teatro de revista y todo lo que se está planteando. La canción final de todos los presos famosos de este país, Barreda, por ejemplo, cantando No hay que matar, los mata de risa. Hay gente que no conoce la historia de Yiya pero sí escuchan “es malo matar” cantado por los presos.

¿Se volverá a repetir la fórmula Bazán-Pashkus-Sergi?

Sí, tenemos planes para el año que viene.