Por Alba Piotto

Emoción intensa. No importa cuando se lea esto, es la definición más genuina de lo que se vivió en el último recital de Paul McCartney, Macca o, simplemente, Paul. Escribo “último” y ruego que no lo sea literalmente. Acaso ese sentimiento pareció sumarle fuerza emotiva a la noche del sábado en el Campo Argentino de Polo.

Ya desde el acorde inicial de A hard day’s nigth, que marcó no sólo el comienzo de su “Freshen Up Tour” en Buenos Aires, sino esa suerte de abducción en masa al Big Bang beatle, a ese instante irreversible, cuando el mundo hizo plop! y ya nada fue igual.  Sólo él puede hacerlo. No importa la canción que siguió – fue Junior’s farm, de la época de Wings-: ya estábamos en la vibración más alta de la beatlemanía que se desata cada vez que Macca sale de gira, en cualquier lugar del mundo.

Lastimosamente, hubo que hacer un ejercicio para no dejar de disfrutar y hacer caso omiso al sonido deficiente a causa de las restricciones del Gobierno de la Ciudad, por las quejas de los vecinos en recitales anteriores. Sonó bajo, sonó feo. “Subí el volumen, Pablo!”, gritó alguien, tomando el hecho con humor. Pero el déficit se sintió. Ya en el terreno de los “bises”, rockear Helter Skelter, el primer tema heavy metal de la historia, con tres guitarras haciendo un riff de base en ese estado de sordina, fue injustificable. Lo mismo sucedió con Let me roll it, Live and let die… En fin, con todos los temas. Decididamente, el campo de polo dejémoslo para el Abierto, no para recitales como este.

Paul, este hacedor de canciones y melodías perfectas sacude fuerte. Hay un acuerdo tácito entre él y nosotros y es lo que sublimamos: nosotros jugamos a que tocan los Beatles, encarnados en él, que es la mitad del Todo. Y él, claro que lo sabe. Por eso nos da lo que deseamos: salvo algunas licencias –como en Something– todas las canciones suenan como en el vinilo. O casi. Porque es así Paul como queríamos que la tocaras. Acaso haya pocos momentos en que se da esta suerte de intimidad entre un público masivo y un artista. Todos hacemos lo posible por demostrarle nuestra devoción, él la toma,  la recicla y la manda de nuevo a esa masa que estira sus brazos porque quiere alcanzar lo inalcanzable. Y tanto se hace cargo de eso que en un momento hace el gesto de tirarse arriba de la gente como diciendo: “¡Es lo único que me falta!”.

No hay tiempo. Todo transcurre en un presente continuo. Tan clásico que hasta Love me do, una sucesión de acordes con los que cualquier adolescente empieza su expresión musical, suena como un himno a la alegría. Tan clásico que I’ve got a feeling nos mete en aquél mediodía gris y frío en la terraza de los estudios Apple, en el último concierto de la banda, que tocó seis temas para un documental.

Después de cada “one, two, three” que marca, siempre se viene uno-que-sabemos-todos: I’Ve just seen a face (los menores de 30 la cantan a garganta suelta…¿cómo la saben? Si es de 1965, álbum Help!), Lady Madonna, Eleanor Rigby, Being for the benefit of Mr Kite!, Ob-La-Di, Ob-La-Da -un scherzo de Paul que John Lennon aborrecía pero que con el paso de los años también es un clásico beatle-, Back in the URSS…  En medio, las canciones, de Egypt Station, su último disco – Who cares, Come on to me, Fuh you… – con los que Macca volvió a los primeros puestos de los charts de los más vendidos, peleándole la popularidad –y la venta y los espacios en las radios- a los tanques musicales que ganan fama a fuerza de anabólicos de marketing.

Pero, acá, con Macca en el escenario, ¿cómo sucede este fenómeno transgeneracional? ¿Cómo puede ser que esté toda la familia haciendo pogo, saltando de alegría? Es que Paul, ese hacedor de canciones, nos trae felicidad. Es el mago que saca las canciones que traspasaron las líneas temporales y de pertenencias. No importa cuando las escuchemos, siempre serán en el momento presente.

Arriba del escenario, Paul es todo lo políticamente correcto que puede haber. Hasta cuando sale, ya en la despedida, con un bandera argentina y una del arco iris de la diversidad (antes lo hacía con una de Gran Bretaña). Un grupito de veinteañeras lo festejan y le gritan: “¡Mostrá el pañuelo verde, Paul!”. Y enseguida otra gritará: “Dale machirulo cantá!”. No a Paul, sino a los varones en general, cuando él propone que primero canten ellos, luego “las chicas” – ¡Vamos chiques!, se escucha por ahí atrás- y luego todos juntos, en el coro del himno universal, Hey Jude. Acaso nunca se entere que esa multitud además de vibrar con él, estaba atravesada por sus propios discursos cotidianos que dos recitales atrás no tenía, al menos, verbalizados como ahora. Porque el arte de escribir canciones también tiene una postura política de la que el público se apropia y resignifica. Y eso también lo sabe Sir Paul: lo anuncia antes de arrancar con Blackbird, una de las melodías más perfectas de su repertorio. “Esta canción habla de los derechos civiles”, dice, y todos lo acompañamos en un susurro.

Let it be, Live and let die y Hey jude de corrido -¡por Dios!, aguante corazón aguante- anuncian que ya se termina. Dicen que por Libertador pararon los autos, que los que iban adentro se bajaron –desde la calle se ve el campo de polo y el escenario- para unirse al “naaah nah na na na naaaah Hey Jude”, que después de todo nos moviliza la empatía hacia el otro, nos toca la fibra más humana que perdemos fácilmente y nos recuerda eso de tomar lo que viene con la mano cambiada y hacerlo mejor. Quizás haya sido por eso que los automovilistas no se lo quisieron perder. Creamos que así fue. ¿Y cómo no detenerse?: “The movement you need is on your shoulder”, nos dice Paul.

Pero también sabemos que enseguida llega el final de todo, que es como decir el amor después del amor: Golden Slumbers, Carry that wiegth, The end. Paul dirá “hasta la próxima” en español. Y todos tardamos algunos minutos en reaccionar. Ya no saldrá de nuevo. Se fue detrás de esa nube de humo blanco. Se cumplirán las estrofas finales, aplicables a cualquier circunstancia de la vida: “And in the end, the love you take, is equal to the love you make”. No cantó Yesterday, la balada más versionada de la historia de la música. Ni él ni nosotros quiere ponerse nostálgico. Gracias, Paul. No sólo por este concierto sino por toda la vida musicalizada por vos. Ojalá volvamos a cantar juntos otra vez.