Por Esencial

Primero, una digresión. Muchos quieren ser esenciales, pero pocos saben cómo escribirlo. Se ve que no tienen a mano el diccionario, a lo mejor lo cambiaron por la mopa, este año y medio de confinamiento obligado arrasó hasta con los más cultos. Ahora, una aclaración bastante obvia sobre por qué estoy acá: los esenciales somos invisibles a los ojos, y además estamos vacunados desde hace rato y contra todo. Eso me permite enterarme de algunas cosas con cierta discreción y contarlas con la incorrección que hoy la mayoría se reserva para los buenos amigos.

Y ya que hablamos de la amistad, me comentaban el otro día que, en medio del consenso generalizado de que la peor gestión de la historia del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) estaría por llegar a su fin, su presidente, Luis Puenzo, se defiende una y otra vez evocando a amigos y colegas de su generación que lamentablemente ya no están para ratificarlo ni contradecirlo. “Fue Pino el que me convenció de que aceptara este desafío y apostó a que era ahora o nunca”, repite.

En un caso inédito en la industria, todos los sectores parecen haberse puesto de acuerdo: la mejor opción hubiera sido nunca. El legendario director de La historia oficial se apoya únicamente en la soledad de la corte de amigos con la que supo rodearse desde que llegó al edificio de la calle Lima: el actual vicepresidente del Instituto fue su productor; el gerente general, su asistente de producción; quien está a cargo de la administración, ¡su contadora!.

Hay quienes hoy, a la luz de la catástrofe que atraviesa el cine nacional, se preguntan si bastaba con que Puenzo fuera un buen director para confiar en su idoneidad como funcionario. Pero, después de dar con algunas viejas anécdotas de colegas de esa generación a la que alude el propio presidente del INCAA, pienso que tal vez la pregunta esencial no sea esa, sino si era esperable que fuera buen funcionario alguien que, según esas versiones, ni siquiera habría sido una buena persona con los que jamás imaginaron que podía traicionarlos.

Eso, ni más ni menos, es lo que dicen que afirmaba sobre él Osvaldo Bayer: “Me decepcionó como persona”. Es que el recordado escritor estaba muy enfermo cuando a fines de los 90 recibió en su casa la visita de un Puenzo ávido de aprovechar la situación. Quería comprarle los derechos del bestseller Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia, igual que antes lo había hecho Héctor Olivera con el libro que se convirtió en la multipremiada película La patagonia rebelde. Según contó él mismo en una airada carta que envió desde Berlín a Página/12 en julio de 2000, el escritor y periodista aceptó con la condición de que fuera fiel a la verdad histórica y no se tergiversaran los hechos documentados, para lo que deseaba estar en la redacción del guion y supervisarlo.

“Hasta allí, el señor Puenzo, pura sonrisa, me dijo que justamente el libro le había apasionado y que por eso lo iba a filmar respetándolo en todos sus alcances”, escribe Bayer. También que iba a ser “un honor” que participara del guion. A los pocos días, el actual presidente del INCAA fue a la casa de un Bayer convaleciente con un contrato que el escritor en su candidez y dignidad no leyó. “Tengo por costumbre creer que un hombre de bien jamás va a hacer trampa a otro hombre de bien –explicó entonces–. Además, esa mañana me encontraba en malas condiciones físicas, y esto lo sabía muy bien el señor Puenzo”.

Era tarde cuando Bayer comprendió los términos del contrato, también entendió que no debió haber confiado en la hombría de bien de la otra parte. Había firmado “un documento del abuso y de la peor explotación, como aquellos papeles que les hacían firmar a los trabajadores de la lana en la Patagonia del 20”, describe. Puenzo lo obligaba a transferirle los derechos del libro “en todo el mundo y a perpetuidad”, para usar sus contenidos “sin limitaciones de ningún tipo” sobre tema, argumento, situaciones, personajes, diálogos y trama según su propia y exclusiva decisión. Además, como guionista, a todo efecto, Puenzo sería considerado el autor del guion que escribiera y el único propietario de todos los copyrights, marcas y cualquier otro derecho.

“Por el contrato –se lamentaba en su momento amargamente Bayer–, el libro de mi investigación pasa a ser propiedad del señor Puenzo ‘en todo el mundo y a perpetuidad’. Cuando me di cuenta de lo que había firmado, se lo reproché, y como único argumento, me dijo: ‘Vos firmaste’.” La historia recuerda a la del trapero cordobés Pablo Londra, que recientemente fue apoyado por referentes de todos los géneros musicales y miembros de toda la comunidad artística, tras revelar que el sello colombiano Big Ligas le tendió una trampa para que firmara un contrato que incluía una cláusula de copyright que le cedía a esa productora los derechos exclusivos sobre todo lo que implicara el uso de su voz. No cobra por ninguno de sus hits ni puede grabar nada nuevo sin autorización de los colombianos que además son dueños de la mitad de otro contrato que Londra firmó con Warner hasta 2025. “Me siento muy identificada con él, viví algo parecido. Sé lo que se siente y el apoyo de la gente y algunos colegas me hizo bien”, dijo Soledad Pastorutti, una de las que se sumaron a la campaña en redes con el hashtag #FreeLondra.

En el 2000, Bayer escribía sobre cómo se sentía por lo que le ocurrió con Puenzo, algo aplicable ahora a la situación del cantante cordobés: “Toda la honestidad se basa en la firma del sorprendido. Como en un cuento del tío cuando le hacen firmar a cualquier crédulo pajuerano la cesión de su campo por un auto usado”. Hay otro punto en común, y es que para hacerlo, el director también sacó chapa de su paso por las “grandes ligas”, como ser que por ser el primer ganador de un Oscar en el país le correspondieran ventajas especiales: “Sumó otro argumento –dice Bayer–: ‘En Hollywood los contratos se hacen así’. En Hollywood este contrato pasará a la historia de lo leonino. Más, servirá para definir lo que quiere decir esta palabra. Alguna vez encontrará su lugar en el museo del cine”.

Hablábamos de amistades, de la palabra tergiversada y de compañeros que ya no están, y me pareció justo rescatar la de quienes sí dejaron su testimonio. “¿A quién le interesa rescatar la verdad histórica? –se preguntaba por entonces Bayer, que dedicó su vida a la investigación y reconstrucción del pasado de los argentinos–. Para el señor director todo es igual. En Hollywood se hace así. La biblia y el calefón.”

La nota del escritor había sido motivada por una solicitada del gran amor de Di Giovanni, América “Fina” Scarfó –hermana a su vez de Paulino–, que manifestaba su indignación por la baja calidad del guión firmado por Puenzo y su hija Lucía. Había sido registrado por el director con el nombre de su compañero y amante, pese a ser “una burda mentira que no es la historia de Severino Di Giovanni ni la mía propia”, se quejaba la viuda, que murió en 2006 y se llevó con ella una de las historias de amor y anarquía más románticas de todos los tiempos.

“Todo el relato es de una morbosidad rayana en la estupidez”, donde “se suple la falta de concepto con sexo y tiros”, se lee en la solicitada de Scarfó, que –ya casi en una ironía– vuelve apelar a la hombría de bien de Puenzo para que medite sobre el daño y la perversidad que le hizo a su familia y a la de Di Giovanni. “La noble América Scarfó defendió con dignidad la verdad sobre quienes ya no pueden defenderse –escribe Bayer en su carta–, y de la misma manera yo voy a defender mi libro del mal gusto y el afán de lucro”.

La película finalmente no se hizo y Bayer murió en 2018 con la frustración de que su libro no fuera al cine. Pero al menos no tuvo que ver la historia degradarse en nombre del entretenimiento hasta lo que tanto él como Fina consideraban una inmoralidad. En el guión de Puenzo y su hija, Scarfó se acostaba con su hermano. Por toda explicación, el director habría dicho: “Acá en alguna parte hay que poner algo de sexo…”. Bayer lo amenazó (“Vos hacé esta película y el día del estreno voy a la puerta del cine y me quemo vivo”), pero no fue el único. “Puenzo tenía un miedo bárbaro. El otro día lo encararon tres anarquistas y le dijeron ‘atrevete a hacer la película de Bayer… te vamos a dar una gran paliza’. Se asustó mucho –contó el escritor en una entrevista de esa época–. No se hace arte con la mentira.”

Moraleja esencial: la mentira tampoco es compatible con la gestión pública.

 

PD: Palabras más, palabras menos

Como sea, las últimas no fueron semanas (ni meses) fáciles para los verdaderos amigos. En la cultura ni en ninguna parte. La repentina muerte de Juan Forn, el 20 de junio último, a los 61 años, dejó huérfanos a muchos en el mundo del periodismo y la edición de libros. Me quedo con la despedida de su hermano elegido, Guillermo Saccomano, que dice que este oficio de escribir, “es también, ningún secreto, el de vivir”. Y con esa cita de John Cheever que sintió para ellos: “No se puede arreglar en la literatura lo que no se arregló en la vida”. Con la apuesta perdida y con los versos de Auden: “Detengan los relojes// Creía que el amor perduraría por siempre: me equivoqué. No precisamos las estrellas ahora, apáguenlas todas, / empaquen la luna y desmantelen el sol/ drenen el océano y barran los bosques/ porque ahora nada será como antes”.

Al fin de cuentas, para eso son los amigos, para que los que sobrevivimos les paguemos nuestras apuestas aún después de muertos y no para que los llamemos a defendernos de lo indefendible cuando deberíamos dejarlos descansar en paz.